No necesita el sacerdote preguntar hoy cómo sigue su enferma; pulsa con una mirada el sediento corazón que se asoma á los ojos de la joven, y se duele:
—¡Estás lo mismo!
—Siempre estaré así...
—Siempre, no. Dios te acendra, porque te elige y te destina sus divinos consuelos... ¿Lo dudas?—añade el apóstol, ante la incertidumbre de la dama.
—No lo puedo creer—responde ella con desconsolada sinceridad.
—Pero, ¿quieres creerlo?
—¡Oh, sí!
—Eso basta, por ahora, hija mía, eso basta; no te desanimes. Ten fe... siquiera en tus nobles deseos de sentir y de amar... Ten esperanza en tus altos propósitos...
Regina baja la frente suspirando.
—Reza con humildad—continúa don Amador.