Una parejita—contestó el caballero, levantando la cabeza que tenía inclinada.

El paseo se prolonga, la plática se enciende en confidencias cordiales y juveniles, y el doctor y la niña son ya íntimos amigos, merced á esa recíproca simpatía de dos caracteres francos que se encuentran en una hora sentimental.

Ya sabe Regina de memoria la vida de su nuevo amigo; ya se puede decir que «le conoce» y le juzga.

—Es un hombre apasionado y sencillo—piensa.

Por su parte, el doctor la examina con amables ojos, sin atreverse á definir más que una cosa:

—¡Linda y rara mujer!...

Ella le ha contado con llaneza y sinceridad algo de su historia y de sus sentimientos; pero sólo ha conseguido admirarle y confundirle.

A este punto de intimidad, acaso intensa porque va á ser breve, llegan los paseantes á una tapia florecida que cierra el terreno en declive hacia el mar.

Alza Regina sobre el muro su cabeza rubia, mientras dice el doctor:

—Es el cementerio.