Eugenia aguarda á Regina para almorzar, y el señor de Alcoy, que es un joven adocenado y presentuoso, recibe á la muchacha con exagerados homenajes, que ocultan mal su celosa sorpresa de hallarla tan amistada con el médico. Ella responde levemente á sus saludos.
En un senderito de la fronda blanquean dos trajes infantiles, y el doctor dice señalándolos:
—Mis nenes...
Son dos criaturillas frescas y graciosas, que llegan asidas de las manos.
El niño, con calzones y melena, curioso y charlatán, parece un angelote.
La niña, que se suelta á andar con timidez, es menos fuerte que su hermanito, y responde á las caricias con una sonrisa incierta y suave.
Los toma Regina en sus brazos á los dos con alborozo, y pide la gracia de que se los dejen hasta el momento de partir. Otorgada la merced con sumo agradecimiento del papá, vase la niñera detrás de la señorita y murmura el de Alcoy al oído del médico, mientras se aleja el grupo:
—Coqueta, ¿eh?
—Interesantísima—contesta el interrogado con fervor.
Declina la tarde, dorada y silenciosa.