El empleado de las anotaciones murmuró, mientras escribía:—Daniel de Alcántara, soltero, diez y nueve años, fallecido en la travesía, á la altura de...
Regina volvió la cabeza, vivamente, al oir el fúnebre dictado. Sorprendió el médico la actitud de la joven, y reparando en la igualdad de los apellidos, preguntó:
—¿De la familia de usted?
—Mi hermano—balbució la muchacha. Y turbada y ligera salióse del pabellón, seguida por los ojos del médico, inquisitivos y galantes.
Diez minutos después se destocaba Regina en su estancia ante un espejo de infame luna, que hacía temblar las imágenes, desfigurándolas con matices verdosos y alteradas líneas. Volvióse la joven con inquietud hacia la señora que acomodaba el equipaje:
—Oye, Eugenia, mírame—exclamó.—¿Tengo la cara verde?
—No, mujer, ¡qué ocurrencia!
—Pues aquí me veo lívida.
—Será el reflejo de los árboles, ó la calidad del espejo; tú tienes buen color.
—Ahora me he vuelto aprensiva... Es tan fácil enfermar... y morir en plena juventud...