cual la imagen de lo eterno...

Cielo gris, tierra mojada,

silencio, tristeza, y una

vieja torre abandonada,

vieja torre enamorada

de la luna...

Estos versos le parecían al poeta «la última palabra de la sensación», y así lo decía con gran orgullo y graciosa petulancia.

Disertó largamente sobre la poesía clásica y la poesía moderna; sobre los místicos y decadentistas; sobre Santa Teresa y San Juan de la Cruz, Verlaine y Rubén Darío; mezclando lo divino con lo humano, lo viejo con lo nuevo, la poesía con la extravagancia; mentando libros y autores con pasmosa intrepidez, deslumbrando al candoroso marqués de Coronado con las nuevas teorías del ritmo, del «color de las vocales» y otras por el estilo. Y como notase en el auditorio ciertos síntomas de aburrimiento, se dedicó á las damas, obsequiándolas con disparatados requiebros y frases conceptuosas.

Halló á María «albescente»; á Eva «rojeante», y á la de Ramírez «esmeraldina»; comparó á las niñas del marqués con «las hijas del Rhin», y á la marquesa apellidó Walkyria, «diosa inmune al crepitar del fuego», y tal lenguaje hubo de usar en la lírica expresión de sus admiraciones, que las señoras festejadas, ignorantes de aquella jerga modernista, se quedaron en ayunas del discurso.

Tampoco López entendió una palabra, pero, fiel á su costumbre, repetía embelesado: