MANUEL

¡Apañado estuvo!

LUISA

(A ANDRÉS, apremiante.) ¿Y qué?

ANDRÉS

Era en el valle de noche, pero hacía bonanza y ya en las cumbres quería salir el sol. Cobré ánimo, tomé rumbo de cara a la llanura y volví a cargar con Jesús; ya no le ardían más que los ojos y parecíame que estaba mejor. Pero Serafín, al despertar, sintió hambre y empezó a dolerse, muy cansado y lloroso. Y va y me dice:—Me quieres menos que a Jesús; por eso le llevas siempre a él... (Con la voz muy ensordecida.) ¡Tenía razón!... Yo entonces preguntéle al dañado. ¿Puedes andar? Y fué y contestó:—Sí. Le posé y cargué al otro... Al poco tiempo rodaba en la nieve Jesús detrás de mí. Conté que se había resbalado y quise levantarle, pero no se movía; estaba yerto. Me hinqué al lado suyo; le llamé:—¡Jesús... Jesusín!... y comenzó a reirse... ¡ja ja ja!... (Ríe de un modo siniestro.)

LUISA

(Con asombro mientras todos se alarman.) ¿A reirse?

ANDRÉS

(Poseído por la profunda emoción de su relato, se obsesiona con el recuerdo de la risa fatal, y la repite aunque con la mano sobre la boca la quiere contener.) ¡Ja ja ja!... Así ríen los que se hielan. (Sigue riendo.)