El Jayón, el niño hallado sin padres, recogido por caridad, es al contrario de lo que estamos acostumbrados a ver en teatros, el motivo del drama íntimo que ahoga la felicidad del matrimonio montañés, eje de la obra.

Este hijo del amor adúltero, hijo del marido y de una moza del valle, es encontrado una noche de nieve y de frío junto a la puerta de la casa del padre.

La esposa, que sospecha la tragedia de aquel hombre, acoge con amor a la criatura y procura hermanarla con su hijo, el legítimo, recién nacido también. Pero un día descubre que éste es defectuoso, enfermizo, contrahecho, y en un arranque de orgullo, sintiéndose humillada, vencida, viendo al jayón fuerte y sano, cambia a los niños de cuna para no avergonzarse ante la gente del fracaso de su amor.

Y como un castigo ultrahumano, fingiendo siempre, eternamente dolorida, ve sucumbir, poco a poco, a su hijo verdadero, hasta que una noche trágica, también de fríos y nieves, perdidos en la montaña, el padre de los dos niños abandona, muerto, helado, al enfermo, para salvar al otro sano...

Este es el drama fatal, sombrío, en el que interviene, como una sombra acusadora, la madre del jayón, errante y triste, para recobrarlo al final, en una escena de extremada intensidad, de un agobio profundo, dislacerante, amargo.

El drama.

Se desarrolla fácilmente, sin complicaciones, muy ponderado y muy interesante. Un momento, cuando acaba la obra, pesa algo, por la extensión del momento que, una vez expuesto, no debiera prolongarse con la desesperación y el dolor de la madre.

Literariamente merece algo más que el ligero comentario que podríamos hacerle. A nuestro juicio, modestísimo, hace tiempo que no se representaba una comedia tan fácilmente dialogada ni tan elegante de expresión.

Sin perder un momento el ambiente rústico, sin un alarde, se escucha con verdadera complacencia por el buen gusto de la escritora, que, a no ser mujer, seguramente hubiese alcanzado los honores de la Academia hace tiempo.

Presentación.