El Jayón, que tiene por fondo un brioso panorama de vidas rurales, que exalta hasta un sacrificio eterno—el de dejar el amor al hombre único—, el santo cariño maternal, está enmarcado en una pureza de lenguaje y en una simplicidad de tecnicismo que constituyen la triunfal ejecutoria de la pluma que anoche fué aclamada, no ya por el aplauso de los selectos, sino por el público de la galería, que, abierta el alma a la llegada de la emoción, supo gustar ésta y apropiársela, agradeciéndola como una señalada merced.

Los periódicos madrileños relatarán, de seguro, el argumento de la obra que de modo tan definitivo triunfó anoche en Eslava, y por ello, para no hacer demasiado extenso este apunte, no he de meterme en tal detalle; pero, por si no te lo dijesen los críticos de teatros al hacer el comentario del estreno, yo he de manifestarte, amigo lector, que El Jayón tiene una escena tan intensa y tan sublime, tan generosa y tan llena de dulzores de alma de mujer, tan ungida por la gracia de las que fueron madres, que la diputo como uno de los mayores aciertos de nuestro teatro.


Cuando El Jayón siga su camino por todos los teatros de España, que la ruta es amplia y reclaman las gentes de todos los lugares beber en el mismo fresco y grato manantial, Concha Espina recogerá el fruto de la gratitud, pues ha puesto en el duro surco de nuestra vida semilla de arte noble y grande.

Y bien haya quien así atiende la sed de nuestro espíritu, que ya empezaba a mostrar grietas producidas por la hosca resequedad que hubieron de proporcionarnos los que se propusieron extraviarnos en nuestro camino hacia lugares de cordialidad, de ternuras, de realidades suavizadas por el dulzor del ensueño.

Leocadio Martín Ruiz.


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