Es una extraña amistad la de estos cuatro mozos cuyo linaje señala en el pueblo cuatro distintos peldaños de la escala social, y todas las preeminencias favorecen entre ellos a Julián de Alcázar, heredero único de la más encumbrada familia del valle.
Noble y rico, mimado y feliz, Julián ha llegado a la cumbre de la vida sin otro amor de mujer que aquél, dulcísimo y secreto, guardado para Ángeles con timideces y fervores indecibles.
Aquella niña de hermosura triste y deliciosa, fuese apoderando con invencible soberanía del corazón de Alcázar, un corazón que había salido ileso de las aventuras juveniles y que, recio y sano, estaba allí, temeroso como un novicio, delante de unos ojos que el cielo del Norte había tocado con su pena.
Complacíase Julián en recordar su vida fácil y dichosa, llena de halagos; sus años de colegial con vacaciones en la playa y ocios montaraces en el pueblo, después el triunfo que le acompañó en su brillante carrera hasta hacerse abogado, y, por fin, las galantes páginas de sus fugaces amoríos, sin huellas ni raíces. Y toda la amable historia de su existencia la ponía, con humildad y gozo, delante de un nombre: ¡Ángeles! La vió crecer y embellecerse, oculta como un tesoro en la aspereza silvestre del Encinar; la quiso cuando era tan pequeña que no podía saltar los arroyos sin que él la diese las manos; cuando para mirarle le alzaba la cabecita rizosa, sacudiendo en el aire la endrina melena; cuando iba a pedirle, con mimo infantil, los altos capullos que cimeaban los rosales... La quiso entonces con rara ternura, con predilección singular que era ya el germen de un potente cariño.
Y cuando la niña floreció en mujer y aquella ternura floreció en amor, Julián, fugitivo de la corte, se escondió en su torre norteña, sumiso y entregado sin rebeldías a la pasión que señoreaba su alma.
II
Una amistad nunca rota ni lastimada, unía de largos años a la familia de Alcázar con la de Ortega, y Ángeles y Julián se habían tratado siempre con libertad de hermanos.