Desde entonces Clotilde sintió delante de aquel hombre una obscura ansiedad que se fué convirtiendo en rara timidez. Ella, tan despreocupada y resuelta para acudir junto a su protegida a cualquier hora, sin reparo ninguno, comenzó a evitar los encuentros con Ambrosio y a poner en sus visitas una mesura llena de precauciones y melindres, cabalmente cuando los vecinos decían que procuraba su boda con el viudo, seduciendo a la nena.
La cual, por aquel tiempo, corría a más y mejor aprovechando las tardes benignas del otoño, todavía colmadas de flores y de aromas. Eran las últimas delicias del año, y las más codiciadas por eso, aquellas de esconderse entre los maíces crecidos y maduros, bañarse en el remanso azul del ansar, despedir en el campo sirueño a las golondrinas que huyen a invernar bajo las alas del sol, y subir al monte para aprender romances de los pastores antes de que bajen con sus ganados a la derrota de la mies.
Y en el disfrute de estos arriesgados placeres demostraba Talín una admirable experiencia. No había chiquillo de su edad, en Cintul, que la ganase a descubrir atajos en las cumbres, vados en el río y escondites en el bosque. Igual saltaba la cárcaba de un huerto, que subía al gromo de los árboles. Volaban sus cabellos gozosamente en las alocadas carreras, y volaban sus pies sobre el camino, siempre dispuestos a las aventuras peligrosas y a los parajes lejanos. Nunca se caía ni se lastimaba: volvía de sus excursiones con el vestido roto y la cara sucia, llorando, a veces, para que no la riñeran, y prometiendo no escaparse más.
Pero la misma gracia y prontitud que demostraba para desobedecer y hacerse luego perdonar, le servía de estímulo en la escuela para leer y escribir como ningún otro arrapiezo y tramar un bordado y un encaje con relativo primor. Nadie como Talín para ofrecer en la parroquia las flores a la Virgen, muy peripuesta la chiquilla de vestido blanco y banda azul, con un velo pomposo sobre la frente y los bracitos por el aire, acompañando con un movimiento ritual el recitado de los versos alusivos.
Todo lo cual quiere decir que esta niña no era un marimacho ni mucho menos, sino una criatura ágil y traviesa, inteligente y audaz. Debemos añadir que tenía un carácter generoso, muy propenso a los éxtasis y a las meditaciones, muy dado a soñar y compadecer, y tan propicio a las cosas peregrinas y sentimentales, que lo mismo le inducía a vagar en la sierra, por los riscos más duros, como las aves hurañas, que a salir delante de la Custodia en las procesiones, llena de beatitud, ceñida de tules, con alas de plumas, emulando a los ángeles, los pajarillos de Dios...
II
EL TORO GILVO
Trasmontaban los pastores, ya próximo el verano en busca de los altos puertos, errantes como las tribus primitivas que fincaron la cabaña y el redil a la paz de los dólmenes y menhires, en atisbo de la civilización.