Entonces se desaprobó generalmente la resolución tomada por la corte de retirarse hacia las costas del mediodía, y de cruzar el Atlántico en caso urgente. Pero ahora que con fría imparcialidad podemos ser jueces desapasionados, nos parece que aquella resolución al punto a que las cosas habían llegado era conveniente y acertada, ya fuese para prepararse a la defensa, o ya para que se embarcase la familia real. Desprovisto el erario, corto en número el ejército e indisciplinado, ocupadas las principales plazas, dueño el extranjero de varias provincias, no podía en realidad oponérsele otra resistencia fuera de la que opusiese la nación, declarándose con unanimidad y energía. Para tantear este solo y único recurso, la posición de Sevilla era favorable, dando más treguas al sorprendido y azorado gobierno. Y si, como era de temer, la nación no respondía al llamamiento del aborrecido Godoy ni del mismo Carlos IV, era para la familia real más prudente pasar a América que entregarse a ciegas en brazos de Napoleón. Siendo pues esta determinación la más acomodada a las circunstancias, Don Manuel Godoy en aconsejar el viaje obró atinadamente, y la posteridad no podrá en esta parte censurar su conducta; pero le juzgará sí gravemente culpable en haber llevado como de la mano a la nación a tan lastimoso apuro, ora dejándola desguarnecida para la defensa, ora introduciendo en el corazón del reino tropas extranjeras deslumbrado con la imaginaria soberanía de los Algarbes. El reconcentrado odio que había contra su persona fue también causa que al llegar al desengaño de las verdaderas intenciones de Napoleón se le achacase que de consuno con este había procedido en todo: aserción vulgar, pero tan generalmente creída en aquella sazón que la verdad exige que abiertamente la desmintamos. Don Manuel Godoy se mantuvo en aquellos tratos fiel a Carlos IV y a María Luisa, sus firmes protectores, y no anduvo desacordado en preferir para sus soberanos un cetro en los dominios de América, más bien que exponerlos, continuando en España, a que fuesen destronados y presos. Además Godoy no habiendo olvidado la manera destemplada con que en los últimos tiempos se había Napoleón declarado contra su persona, recelábase de alguna dañada intención, y temía ser víctima ofrecida en holocausto a la venganza y público aborrecimiento. Bien es verdad que fue después su libertador el mismo a quien consideraba enemigo, mas debiolo a la repentina mudanza acaecida en el gobierno, por la cual fueron atropellados los que confiadamente aguardaban del francés amistad y amparo, y protegido el que se estremecía al ver que su ejército se acercaba: tan inciertos son los juicios humanos.
Agitación
de Madrid
y Aranjuez.
Conducta
del embajador
de Francia
y de Murat.
Averiguada que fue la traslación de las tropas de la capital al sitio, volviéronse a agitar extraordinariamente las poblaciones de Madrid y Aranjuez con todas las de los alrededores. En el sitio contribuía no poco a sublevar los ánimos la opinión contraria al viaje que pública y decididamente mostraba el embajador de Francia; sea que ignorase los intentos de su amo y siguiera abrigando la esperanza del soñado casamiento, o sea que tratara de aparentar: nos inclinamos a lo primero. Mas su opinión al paso que daba bríos a los enemigos del viaje para oponerse a él, servía también de estímulo y espuela a sus partidarios para acelerarle, esperando unos y temiendo otros la llegada de las tropas francesas que se adelantaban. En efecto Murat dirigía por Aranda su marcha hacia Somosierra y Madrid, y Dupont por su derecha se encaminaba a ocupar a Segovia y el Escorial. Este movimiento hecho con el objeto de impeler a la familia real, intimidándola a precipitar su viaje, vino en apoyo del partido del príncipe de Asturias, alentándole con tanta más razón cuanto parecía darse la mano con el modo de explicarse del embajador. Murat en su lenguaje descubría incertidumbre, imputándose entonces a disimulo lo que tal vez era ignorancia del verdadero plan de Napoleón. Al después tan malogrado Don Pedro Velarde, comisionado para acompañarle y cumplimentarle, le decía en Buitrago en 18 de marzo que al día siguiente recibiría instrucciones de su gobierno; que no sabía si pasaría o no por Madrid, y que al continuar su marcha a Cádiz probablemente publicaría en San Agustín las miras del emperador encaminadas al bien de España.
Avisos anteriores a este y no menos ambiguos ponían a la corte de Aranjuez en extremada tribulación. Sin embargo es de creer que cuando el 16 dio el rey la proclama en que públicamente desmentía las voces de viaje, dudó por un instante llevarle o no a efecto, pues es más justo atribuir aquella proclama a la perplejidad y turbación propias de aquellos días, que al premeditado pensamiento de engañar bajamente a los pueblos de Madrid y Aranjuez. Síntomas de
una conmoción. Continuando no obstante los preparativos de viaje, y siendo la desconfianza en los que gobernaban fuera de todo término, se esparció de nuevo y repentinamente en el sitio que la salida de SS. MM. para Andalucía se realizaría en la noche del 17 al 18. La curiosidad junto probablemente con oculta intriga había llevado a Aranjuez de Madrid y sus alrededores muchos forasteros cuyos semblantes anunciaban siniestros intentos: las tropas que habían ido de la capital participaban del mismo espíritu, y ciertamente hubieran podido sublevarse sin instigación especial. Asegurose entonces que el príncipe de Asturias había dicho a un guardia de corps en quien confiaba «esta noche es el viaje, y yo no quiero ir», y se añadió que con el aviso cobraron más resolución los que estaban dispuestos a impedirle. Nosotros tenemos entendido que para el efecto advirtió S. A. a Don Manuel Francisco Jáuregui, amigo suyo, quien como oficial de guardias pudo fácilmente concertarse con sus compañeros de inteligencia ya con otros de los demás cuerpos. Prevenidos de esta manera, el alboroto hubiera comenzado al tiempo de partir la familia real; una casualidad le anticipó.
Primera
conmoción
de Aranjuez.
Puestos todos en vela rondaba voluntariamente el paisanaje durante la noche, capitaneándole disfrazado, bajo nombre de tío Pedro, el inquieto y bullicioso conde del Montijo, cuyo nombre en adelante casi siempre estará mezclado con los ruidos y asonadas. Andaba asimismo patrullando la tropa, y unos y otros custodiaban de cerca, y observaban particularmente la casa del príncipe de la Paz. Entre once y doce salió de ella muy tapada Doña Josefa Tudó, llevando por escolta a los guardias de honor del generalísimo: quiso una patrulla descubrir la cara de la dama, la cual resistiéndolo excitó una ligera reyerta, disparando al aire un tiro uno de los que estaban presentes. Quién afirma fue el oficial Tuyols que acompañaba a Doña Josefa para que vinieran en su ayuda, quién el guardia Merlo para avisar a los conjurados. Lo cierto es que estos lo tomaron por una señal, pues al instante un trompeta apostado al intento tocó a caballo, y la tropa corrió a los diversos puntos por donde el viaje podía emprenderse. Entonces y levantándose terrible estrépito, gran número de paisanos, otros transformados en tales, criados de palacio y monteros del infante Don Antonio, con muchos soldados desbandados, acometieron la casa de Don Manuel Godoy, forzaron su guardia, y la entraron como a saco, escudriñando por todas partes, y buscando en balde al objeto de su enfurecida rabia. Creyose por de pronto que a pesar de la extremada vigilancia se había su dueño salvado por alguna puerta desconocida o excusada, y que o había desamparado a Aranjuez, u ocultádose en palacio. El pueblo penetró hasta lo más escondido, y aquellas puertas antes solo abiertas al favor, a la hermosura y a lo más brillante y escogido de la corte, dieron franco paso a una soldadesca desenfrenada y tosca, y a un populacho sucio y desaliñado, contrastando tristemente lo magnífico de aquella mansión con el descuidado arreo de sus nuevos y repentinos huéspedes. Pocas horas habían transcurrido cuando desapareció tanta desconformidad, habiendo sido despojados los salones y estrados de sus suntuosos y ricos adornos para entregarlos al destrozo y a las llamas. Repetida y severa lección que a cada paso nos da la caprichosa fortuna en sus continuados vaivenes. El pueblo si bien quemó y destruyó los muebles y objetos preciosos, no ocultó para sí cosa alguna, ofreciendo el ejemplo del desinterés más acendrado. La publicidad siendo en tales ocasiones un censor inflexible, y uniéndose a un cierto linaje de generoso entusiasmo, enfrena al mismo desorden, y pone coto a algunos de sus excesos y demasías. Las veneras, los collares y todos los distintivos de las dignidades supremas a que Godoy había sido ensalzado, fueron preservados y puestos en manos del rey; poderoso indicio de que entre el populacho había personas capaces de distinguir los objetos que era conveniente respetar y guardar, y aquellos que podían ser destruidos. La princesa de la Paz, mirada como víctima de la conducta doméstica de su marido, y su hija fueron bien tratadas y llevadas a palacio tirando la multitud de su berlina. Al fin restablecida la tranquilidad volvieron los soldados a sus cuarteles, y para custodiar la saqueada casa se pusieron dos compañías de guardias españolas y valonas con alguna más tropa que alejase al populacho de sus avenidas.
Decreto
de Carlos IV.
(* Ap. n. [2-2].)
La mañana del 18 dio el rey [*] un decreto exonerando al príncipe de la Paz de sus empleos de generalísimo y almirante, y permitiéndole escoger el lugar de su residencia. (* Ap. n. [2-3].) También anunció a Napoleón esta resolución que en gran manera le sorprendió.[*] El pueblo arrebatado de gozo con la novedad corrió a palacio a vitorear a la familia real que se asomó a los balcones conformándose con sus ruegos. Prisión de
D. Diego Godoy. En nada se turbó aquel día el público sosiego sino por el arresto de Don Diego Godoy, quien despojado por la tropa de sus insignias fue llevado al cuartel de guardias españolas, de cuyo cuerpo era coronel: pernicioso ejemplo entonces aplaudido y después desgraciadamente renovado en ocasiones más calamitosas.
Continúa
la agitación
y temores
de otra
conmoción.
Parecía que desbaratado el viaje de la real familia y abatido el príncipe de la Paz, eran ya cumplidos los deseos de los amotinados; mas todavía continuaba una terrible y sorda agitación. Los reyes temerosos de otra asonada, mandaron a los ministros del despacho que pasasen la noche del 18 al 19 en palacio. Por la mañana el príncipe de Castel-Franco y los capitanes de guardias de Corps, conde de Villariezo y marqués de Albudeite, avisaron personalmente a SS. MM. que dos oficiales de guardias con la mayor reserva y bajo palabra de honor acababan de prevenirles que para aquella noche un nuevo alboroto se preparaba mayor y más recio que el de la precedente. Habiéndoles preguntado el marqués Caballero si estaban seguros de su tropa, respondieron encogiéndose de hombros «que solo el príncipe de Asturias podía componerlo todo.» Pasó entonces Caballero a verse con S. A., y consiguió que, trasladándose al cuarto de sus padres, les ofreciese que impediría por medio de los segundos jefes de los cuerpos de la casa real la repetición de nuevos alborotos, como también el que mandaría a varias personas, cuya presencia en el sitio era sospechosa, que regresasen a Madrid, disponiendo al mismo tiempo que criados suyos se esparciesen por la población para acabar de aquietar el desasosiego que aún subsistía. Estos ofrecimientos del príncipe dieron cuerpo a la sospecha de que en mucha parte obraban de concierto con él los sediciosos, no habiendo habido de casual sino el momento en que comenzó el bullicio, y tal vez el haber después ido más allá de lo que en un principio se habían propuesto.