Sigue la
correspondencia
entre Murat y
los reyes padres.

Después de la partida del rey prosiguiendo Murat en su principal propósito de apoyar las intrigas que se preparaban en la enemistad y despecho de los reyes padres, avivó la correspondencia que con ellos había entablado. Hasta entonces no habían conferenciado juntos, siendo sus ayudantes y la reina de Etruria el conducto por donde se entendían. Mucho desagradaron los secretos tratos de la última, a los que particularmente la arrastró el encendido deseo de conseguir un trono para su hijo, aunque sus esfuerzos fueron vanos. En la correspondencia, después de ocuparse en el asunto que más interesaba a Murat y su gobierno, esto es, el de la protesta de Carlos IV, llamó a la reina y a su esposo intensamente la atención la desgraciada suerte de su amigo Godoy, del pobre príncipe de la Paz, con cuyo epiteto a cada paso se le denomina en las cartas de María Luisa. Duda el discurso, al leer esta correspondencia, si es más de maravillar la constante pasión de la reina por el favorito, o la ciega amistad del rey. Confundían ambos su suerte con la del desgraciado a punto que decía la reina: «si no se salva el príncipe de la Paz, y si no se nos concede su compañía, moriremos el rey, mi marido, y yo.» Es digna de la atenta observación de la historia mucha parte de aquella correspondencia, y señaladamente lo son algunas cartas de la reina madre. Si se prescinde del enfado y acrimonia con que están escritas ciertas cláusulas, da su contexto mucha luz sobre los importantes hechos de aquel tiempo, y en él se pinta al vivo y con colores por desgracia harto verdaderos el carácter de varios personajes de aquel tiempo. Posteriores acontecimientos nos harán ver lastimosamente con cuánta verdad y conocimiento de los originales trazó la reina María Luisa algunos de estos retratos. Los reyes padres habían desde marzo continuado en Aranjuez, teniendo para su guardia tropas de la casa real. Pasan
los reyes padres
al Escorial. También había fuerza francesa a las órdenes del general Wattier, socolor de proteger a los reyes y continuar dando mayor peso a la idea de haberse ejercido contra ellos particular violencia en el acto de la abdicación. El 9 de abril pasaron al Escorial por insinuación de Murat con el intento de aproximarlos al camino de Francia. No tuvieron allí otra guardia más que la de las tropas francesas y los carabineros reales.

Entrega de Godoy
en 20 de abril.

En Madrid apenas había salido el rey cuando Murat pidió con ahínco a la junta que se le entregase a Don Manuel Godoy, afirmando que así se lo había ofrecido Fernando la víspera de su partida en el cuarto de la reina de Etruria: aserción tanto más dudosa cuanto si bien allí se encontraron, parece cierto que nada se dijeron, retenidos por no querer ni uno ni otro ser el primero a romper el silencio. Resistiéndose la junta a dar libertad al preso, amenazó Murat conque emplearía la fuerza si al instante no se le ponía en sus manos. Afanábase por ser dueño de Godoy, considerándole necesario instrumento para influir en Bayona en las determinaciones de los reyes padres, a quienes por otra parte en las primeras vistas que tuvo con ellos en el Escorial uno de aquellos días les había prometido su libertad. La junta se limitó por de pronto a mandar al consejo con fecha del 13 que suspendiese el proceso intentado contra Don Manuel Godoy hasta nueva orden de S. M., a quien se consultó por medio de Don Pedro Cevallos. La posición de la junta realmente era muy angustiada, quedando expuesta a la indignación pública si le soltaba, o a las iras del arrebatado Murat si le retenía. Don Pedro Cevallos contestó desde Vitoria que se había escrito al emperador ofreciendo usar con Godoy de generosidad perdonándole la vida, siempre que fuese condenado a la pena de muerte. Bastole esta contestación a Murat para insistir en 20 de abril en la soltura del preso con el objeto de enviarle a Francia, y con engaño y despreciadora befa decía a su nombre el general Belliard en su oficio: [*] (* Ap. n. [2-17].) «El gobierno y la nación española solo hallarán en esta resolución de S. M. I. nuevas pruebas del interés que toma por la España, porque alejando al príncipe de la Paz quiere quitar a la malevolencia los medios de creer posible que Carlos IV volviese el poder y su confianza al que debe haberla perdido para siempre.» ¡Así se escribía a una autoridad puesta por Fernando y que no reconocía a Carlos IV! La junta accedió a lo último a la demanda de Murat, habiéndose opuesto con firmeza el ministro de marina Don Francisco Gil y Lemus. Mucho se motejó la condescendencia de aquel cuerpo; sin embargo eran tales y tan espinosas las circunstancias que con dificultad se hubiera podido estorbar con éxito la entrega de Don Manuel Godoy. Acordada que esta fue, se dieron las convenientes órdenes al marqués de Castelar, quien antes de obedecer, temeroso de algún nuevo artificio de los franceses, pasó a Madrid a cerciorarse de la verdad de boca del mismo infante presidente. El pundonoroso general al oír la confirmación de lo que tenía por falso hizo dejación de su destino, suplicando que no fuesen los guardias de Corps quienes hiciesen la entrega, sino los granaderos provinciales. El bueno del infante le replicó que «en aquella entrega consistía el que su sobrino fuese rey de España:» a cuya poderosa razón cedió Castelar, y puso en libertad al preso Godoy a las 11 de la noche del mismo día 20, entregándole en manos del coronel francés Martel. Sin detención tomaron el camino de Bayona, adonde llegó Godoy con la escolta francesa el 26, habiéndosele reunido poco después su hermano Don Diego. Se albergó aquel en una quinta que le estaba preparada a una legua de la ciudad, y a poco tuvo con Napoleón una larga conferencia. El rey, si bien no desaprobó la conducta de la junta, tampoco la aplaudió, elogiando de propósito al consejo que se había opuesto a la entrega. En asunto de tanta gravedad procuraron todos sincerar su modo de proceder; entre ellos se señaló el marqués de Castelar apreciable y digno militar, quien envió para informar al rey no menos que a tres sujetos, a su segundo el brigadier Don José Palafox, a su hijo el marqués de Belveder y al ayudante Butrón. Así, y como milagrosamente, se libró Godoy de una casi segura y desastrada muerte.

Quejas
y tentativas
de Murat.

En todos aquellos días no había cesado Murat de incomodar y acosar a la junta con sus quejas e infundadas reclamaciones. El 16 había llamado a Ofárril para lamentarse con acrimonia o ya de asesinatos, o ya de acopios de armas que se hacían en Aragón. Eran estos meros pretextos para encaminar su plática a asunto más serio. Al fin le declaró el verdadero objeto de la conferencia. Era pues que el emperador no reconocía en España otro rey sino a Carlos IV, y que habiendo para ello recibido órdenes suyas iba a publicar una proclama que manuscrita le dio a leer. Se suponía extendida por el rey padre, asegurando en ella haber sido forzada su abdicación, como así se lo había comunicado a su aliado el emperador de los franceses, con cuya aprobación y arrimo volvería a sentarse en el solio. Absorto Ofárril con lo que acababa de oír informó de ello a la junta, la cual de nuevo comisionó al mismo en compañía de Azanza para apurar más y más las razones y el fundamento de tan extraña resolución. Murat, acompañado del conde de Laforest, se mantuvo firme en su propósito, y solo consintió en aguardar la última contestación de la junta que verbalmente y por los mismos encargados respondió: «1.º Que Carlos IV y no el gran duque debía comunicarle su determinación. 2.º Que comunicada que le fuese se limitaría a participarla a Fernando VII: y 3.º Pedía que estando Carlos IV próximo a salir para Bayona se guardase el mayor secreto y no ejerciese durante el viaje ningún acto de soberanía.» En seguida pasó Murat al Escorial, y poniéndose de acuerdo con los reyes padres [*] (* Ap. n. [2-18].)
Reclama
Carlos IV
la corona, y
anuncia su viaje
a Bayona. escribió Carlos IV a su hermano el infante Don Antonio una carta en la que aseguraba haber sido forzada su abdicación del 19 de marzo, y que en aquel mismo día había protestado solemnemente contra dicho acto. Ahora reiteraba su primera declaración confirmando provisionalmente a la junta en su autoridad como igualmente a todos los empleados nombrados desde el 19 de marzo último, y anunciaba su próxima salida para ir a encontrarse con su aliado el emperador de los franceses. Es digno de reparo que en aquella carta expresase Carlos IV haber protestado solemnemente el 19, cuando después dató su protesta del 21, cuya fecha ya antes advertimos envolvía contradicción con cartas posteriores escritas por el mismo monarca. Prueba notable y nueva de la precipitación conque en todo se procedió, y del poco concierto que entre sí tuvieron los que arreglaron aquel negocio; puesto que fuera la protesta extendida en el día de la abdicación o fuéralo después, siendo Carlos IV y sus confidentes los dueños y únicos sabedores de su secreto, hubieran por lo menos debido coordinar unas fechas cuya contradicción había de desautorizar acto de tanta importancia, mayormente cuando la legitimidad o fuerza de la protesta no dimanaba de que se hubiese realizado el 19, el 21 o el 23, sino de la falta de libre voluntad conque aseguraban ellos había sido dada la abdicación. Respecto de lo cual como se había verificado en medio de conmociones y bullicios populares, solo Carlos IV era el único y competente juez, y no habiendo variado su situación en los tres días sucesivos a punto que pudiera atribuirse su silencio a completa conformidad, siempre estaba en el caso de alegar fundadamente que cercado de los mismos riesgos no había osado extender por escrito un acto que descubierto hubiera sobremanera comprometido su persona y la de su esposa. En nada de eso pensaron; creyeron de más al parecer detenerse en cosas que imaginaron leves, bastándoles la protesta para sus premeditados fines. Carlos IV después de haber remitido igual acto a Napoleón, en compañía de la reina y de la hija del príncipe de la Paz se puso en camino para Bayona el día 25 de abril, escoltado por tropas francesas y carabineros reales, los mismos que le habían hecho la guardia en el Escorial. Fácil es figurarse cuán atribulados debieron quedar el infante y la junta con novedades que oscurecían y encapotaban más y más el horizonte político.

Inquietud
en Madrid.

La salida de Godoy, las conferencias de Murat con los reyes padres, la arrogancia y modo de explicarse de gran parte de los oficiales franceses y de su tropa, aumentaban la irritación de los ánimos, y a cada paso corría riesgo de alterarse la tranquilidad pública de Madrid y de los pueblos que ocupaban los extranjeros. Un incidente agravó en la capital estado tan crítico. Murat había ofrecido a la junta guardar reservada la protesta de Carlos IV, pero a pesar de su promesa no tardó en faltar a ella, o por indiscreción propia, o por el mal entendido celo de sus subalternos. El día 20 de abril se presentó al consejo el impresor Eusebio Álvarez de la Torre para avisarle que dos agentes franceses habían estado en su casa con el objeto de imprimir una proclama de Carlos IV. Ya había corrido la voz por el pueblo, y en la tarde hubiera habido una grande conmoción, si el consejo de antemano no hubiese enviado al alcalde de casa y corte Don Andrés Romero, quien sorprendió a los dos franceses Funiel y Ribat con las pruebas de la proclama. Quiso el juez arrestarlos, mas ni consintieron ellos en ir voluntariamente, ni en declarar cosa alguna sin orden previa de su jefe el general Grouchy, gobernador francés de Madrid. Impaciente el pueblo se agolpó a la imprenta, y temiendo el alcalde que al sacarlos fuesen dichos franceses víctimas del furor popular, los dejó allí arrestados hasta la determinación del consejo, el cual no osando tomar sobre sí la resolución, acudió a la junta que, no queriendo tampoco comprometerse, dispuso ponerlos en libertad, exigiendo solamente de Murat nueva promesa de que en adelante no se repetirían iguales tentativas. Tan débiles e irresolutas andaban las dos autoridades, en quienes se libraba entonces la suerte y el honor nacional. La libertad de Godoy y el caso sucedido en la imprenta, al parecer poco importante, fueron acontecimientos que muy particularmente indispusieron el espíritu público contra los franceses. En el último claramente aparecía el deseo de reponer en el trono a Carlos IV, y renovar así las crueles y recientes llagas del anterior reinado; y con el primero se arrancaba de manos de la justicia y se daba suelta al objeto odiado de la nación entera.

Alboroto
en Toledo.

No se circunscribía a Madrid la pública inquietud. En Toledo el día 21 de abril se turbó también la tranquilidad por la imprudencia del ayudante general Marcial Tomás, que había salido enviado a aquella ciudad con el objeto de disponer alojamientos para la tropa francesa. Explicábase sin rebozo contra el ensalzamiento de Fernando VII, afirmando que Napoleón había decidido restablecer en el trono a Carlos IV. Esparcidos por el vecindario semejantes rumores, se amotinó el pueblo agavillándose en la plaza de Zocodover, y paseando armado por las calles el retrato de Fernando, a quien todos tenían que saludar o acatar, fueran franceses o españoles. La casa del corregidor Don José Joaquín de Santa María, y las de los particulares Don Pedro Segundo y Don Luis del Castillo fueron acometidas y públicamente quemados sus muebles y efectos, achacándose a estos sujetos afecto al valido y a Carlos IV: crimen entonces muy grave en la opinión popular. Duró el tumulto dos días. Le apaciguó el cabildo y la llegada del general Dupont, quien con la suficiente fuerza pasó el 26 de Aranjuez a aquella ciudad. En Burgos. Iguales ruidos y alborotos hubo en Burgos por aquellos días de resultas de haber detenido los franceses a un correo español. El intendente marqués de la Granja estuvo muy cerca de perecer a manos del populacho, y hubo con esta ocasión varios heridos.