Zurita. — Anales de Aragón. — Lib. 1.º, cap. 49 y 50.
Número [13-5].
Mariana. — Historia de España. — Lib. 19, cap. 15.
Número [13-6].
He aquí lo que refiere acerca de este asunto el manifiesto, o sea diario manuscrito de la primera regencia, que tenemos presente, extendido por Don Francisco de Saavedra, uno de los regentes y principal promotor de la venida del duque.
Día 10 de marzo de 1810. «En este día se concluyó un asunto grave, sobre que se había conferenciado largamente en los días anteriores. Este asunto, que traía su origen de dos años atrás, tuvo varios trámites, y se puede reducir en sustancia a los términos siguientes.
»Luego que se divulgó en Europa la feliz revolución de España, acaecida en mayo de 1808, manifestó el duque de Orleans sus vivos deseos de venir a defender la justa causa de Fernando VII; con la esperanza de lograrlos, pasó a Gibraltar en agosto de aquel año, acompañando al príncipe Leopoldo de Nápoles que parece tenía igual designio. Las circunstancias perturbaron los deseos de uno y otro; pero no desistió el duque de su intento. A principios de 1809, recién llegada a Sevilla la junta central, se presentó allí un comisionado suyo para promover la solicitud de ser admitido al servicio de España, y en efecto la promovió con la mayor eficacia, componiendo varias memorias que comunicó a algunos miembros de la central, especialmente a los Sres. Garay, Valdés y Jovellanos. No se atrevieron estos a proponer el asunto a la junta central, como se pedía, por ciertos reparos políticos; y a pesar de la actividad y buen talento del comisionado, no llegó este asunto a resolverse, aunque se trató en la sesión de estado; pero no se divulgó.
»En julio de dicho año escribió por sí propio el duque de Orleans, que se hallaba a la sazón en Menorca, repitiendo la oferta de su persona; y expresando su anhelo de sacrificarse por la bella causa que los españoles habían adoptado. Entonces redobló el comisionado sus esfuerzos, y para prevenir cualquier reparo, presentó una carta de Luis XVIII, aplaudiendo la resolución del duque, y otra del Lord Portland, manifestándole, en nombre del rey británico, no haber reparo alguno en que pusiese en práctica su pensamiento de pasar a España o Nápoles a defender los derechos de su familia.
»En esta misma época llegaron noticias de las provincias de Francia limítrofes a Cataluña, por medio del coronel Don Luis Pons, que se hallaba a esta sazón en aquella frontera, manifestando el disgusto de los habitantes de dichas provincias, y la facilidad con que se sublevarían contra el tirano de Europa, siempre que se presentase en aquellas inmediaciones un príncipe de la casa de Borbón, acaudillando alguna tropa española.
»De este asunto se trató con la mayor reserva en la sección de estado de la junta, y se comisionó a Don Mariano Carnerero, oficial de la secretaría del consejo, mozo de muchas luces y patriotismo, para que, pasando a Cataluña, conferenciando con el general de aquel ejército y con Don Luis Pons, y observando el espíritu de aquellos pueblos, examinase si sería acepta a los habitantes de la frontera de Francia la persona del duque de Orleans, y si sería bien recibido en Cataluña. Salió Carnerero a mediados de septiembre, y en menos de dos meses evacuó la comisión con exactitud, sigilo y acierto. Trató con el coronel Pons y el general Blake, que se hallaban sobre Gerona, y observó por sí mismo el modo de pensar de los habitantes y de las tropas. El resultado de sus investigaciones, de que dio puntual cuenta, fue que el duque de Orleans, educado en la escuela del célebre Dumourier y único príncipe de la casa de Borbón que tiene reputación militar, sería recibido con entusiasmo en las provincias de Francia, y que en Cataluña, donde se conservan los monumentos de la gloria de su bisabuelo y la reciente memoria de las virtudes de su madre, encontraría general aceptación.