Entre tanto, noticioso Don Carlos de España de que los sitiados pensaban en el arrasamiento total de Pamplona, trató de impedirlo haciendo saber el 19 al gobernador que, si tal sucediese, tenía orden de lord Wellington de pasar por la espada la plana mayor y la oficialidad, y de diezmar la guarnición entera. Replicó el francés con desdén y altaneramente, yendo adelante en el terrible intento de desmantelar la plaza. Pero, creciendo el hambre, moderáronse ímpetus tan arrebatados, y ya el 24 comenzó el gobernador a querer entrar en algún ajuste, pidiendo se le dejase a él y a los suyos tornar libremente a Francia. Se negó España a esta demanda, que creyó excesiva, corriendo algunos días en conferencias y pláticas. Los últimos de octubre habían llegado ya, Se rinde la plaza
a los españoles. cuando viniéndose a buenas el gobernador, firmose el 31 la capitulación, según la cual quedaba la guarnición francesa prisionera de guerra. Posesionáronse los españoles de la plaza inmediatamente, no habiendo padecido las fortificaciones perjuicio ni deterioro.

Reconquistada Pamplona, aún respiró más libre y desembarazada toda esta parte del norte de España, no restando ya en poder del enemigo más que Santoña, cuyo bloqueo estrechaban los nuestros.

Exacciones
y pérdidas
de Navarra
y provincias
Vascongadas.

No menos que otras provincias de España, experimentaron pérdidas y cercenamiento en sus bienes Navarra y las provincias Vascongadas; opresas siempre, y no cesando el tráfago de la guerra en su suelo, semillero fecundo de partidarios y numerosas cuadrillas. Según noticias que conservan los pueblos y los particulares, hay quien gradúe subieron a veces las cargas y exacciones a un 200 por 100 de la renta anual. Cómputo no tan exagerado como a primera vista parece, si se atiende a que solo el señorío de Vizcaya aprontó al gobierno intruso por contribuciones ordenadas 38.729.335 reales vellón: suma enorme y muy superior a lo usado en aquel país; no incluyéndose en las partidas otras cobranzas y derramas extraordinarias, impuestas sin cuenta ni razón y antojadizamente.

Situación
de Soult
en el Nivelle.

Luego que supo lord Wellington la rendición de Pamplona, con lo que se ponía libre y se despejaba su derecha, pensó en internarse en Francia, y en alejar a Soult más y más de la frontera de España. Este mariscal hallábase apostado en puntos ventajosos y muy fortalecidos a las márgenes del Nivelle, que descarga sus aguas en el mar por San Juan de Luz. Descansaba la derecha del ejército francés, enfrente de este pueblo y a la izquierda del río, en una eminencia que domina a Socoa, puerto ruin a la desembocadura; habiendo los enemigos construido allí, y en derredor de una ermita, un reducto cuyas defensas se unían por atrincheramientos y árboles cortados con Urrugne, protegiendo, además, aquellos puntos inundaciones que cubrían a Ciboure. Alojábase el centro del propio ejército en alturas que se levantan detrás del pueblo de Sare y también en la que llaman la Petite-Rhune, la cual, si bien sojuzgada por la otra del mismo nombre más erguida, ganada por los españoles y de la que la divide un angosto valle, todavía se alza bastante y domina las cañadas y país vecino. Y, en fin, la izquierda, colocada a la derecha del Nivelle, buscaba arrimo y aun asentábase en un cerro a espaldas del pueblo de Ainhoa, no menos que en la montaña de Mondarin que ampara la avenida o entrada del propio lugar. Describía la posición entera un semicírculo desde Urrugne hasta Espelette y Cambo, resalido en Sare, que era el centro de ella. Todo su frente hallábase por lo general cubierto con una cadena de reductos y atrincheramientos que se eslabonaban por cerros, colinas y altozanos. Conservaba el enemigo en San Juan de Pie de Puerto algunas fuerzas empleadas en la defensa de esta plaza y en observar al general Mina y otros cuerpos aliados.

No arredró a Wellington ver a su contrario tan encastillado y fuerte, y solo las lluvias le pararon algunos días. Pero aclarando luego el tiempo, decidiose el general inglés a trabar refriega empezando por forzar el cuerpo enemigo para establecerse después más allá del Nivelle.

Proyecto
de Wellington.

Sir Rolando Hill capitaneaba la derecha aliada, compuesta de dos divisiones inglesas a las órdenes de sir Guillermo Stewart y sir Enrique Clinton, de la portuguesa del cargo de sir Juan Hamilton, y de la primera española del cuarto ejército que dirigía Don Pablo Morillo, sin contar cañones y algunos jinetes. En el centro estaban, por la diestra parte, el mariscal Beresford y tres divisiones británicas que mandaban los jefes Colville, Lecor y sir Lowry Cole; y por la siniestra, Don Pedro Agustín Girón acompañado del ejército de reserva de Andalucía. Destinábanse la división ligera del barón Alten y la sexta española del cuarto ejército, bajo Don Francisco Longa, al acometimiento de la Petite-Rhune; moviéndose al compás del centro sir Stapleton Cotton con una brigada de caballería y tres de artillería. Don Manuel Freire, asistido de la tercera y cuarta división y de la primera brigada de la quinta del cuarto ejército español, había de marchar desde Mandale en dos columnas que gobernaban Don Diego del Barco y Don Pedro de la Bárcena, una con dirección a Ascain, y otra más allá a la izquierda nuestra, y casa de Choquetemborde, permaneciendo algunos cuerpos en Arrequicoborde y caseríos de Oleto, como de reserva y para afianzar las comunicaciones de las columnas. A sir Juan Hope, sucesor del general Graham en el mando, correspondíale obrar por lo largo de la línea desde donde estaba Don Manuel Freire hasta la mar; no pudiendo el último ni tampoco sir Juan, con arreglo a instrucción recibida, empeñar refriega y sí solo aprovecharse de los descuidos en que el enemigo incurriese.

Pasan los aliados
el Nivelle.