Tanto empeño en concluir del todo con Espoz, no solo lo motivaban los daños que de sus acometidas se seguían al enemigo, sino la resolución cada vez más clara de agregar a Francia la Navarra con las otras provincias de la izquierda del Ebro. Así se lo manifestó Dorsenne por este tiempo a las autoridades y cuerpos de Pamplona, entre los que varios replicaron oponiéndose con el mayor tesón. Esta resistencia, y los acontecimientos que sobrevinieron en el norte de Europa, impidieron que aquella determinación pasase a ejecución abierta.
Después de lo de Arlabán se trasladó Mina al reino de Aragón y, habiéndose introducido en el pueblo de Robres, se vio cercado al amanecer del 23 de abril y casi cogido en la misma casa donde moraba, y en cuya puerta se defendió con la tranca no teniendo por de pronto otra arma, hasta que acudió en auxilio suyo su asistente, el bravo y fiel Luis, que, llamando al mismo tiempo a otros compañeros, le sacó del trance, y lograron todos esquivar la vigilancia y presteza de los enemigos.
Muerte
de Cruchaga.
Así siguió Mina de un lado a otro, y no paró antes de mediar mayo; en cuya sazón, habiéndose dirigido a Guipúzcoa, ocurrió la desgracia de que al penetrar por la carretera de Tolosa, en el pueblo de Ormáiztegui, una bala de cañón arrebatase las dos manos al esforzado Don Gregorio Cruchaga, de cuya grave herida murió a poco tiempo. También entonces en Santa Cruz de Campezo recibió Mina un balazo en el muslo derecho, por lo que estuvo privado de mandar hasta el inmediato agosto. Con esto respiraron los franceses algún trecho, necesario descanso a su mucha molestia.
Medidas
administrativas
de Mina.
Si admira tanto guerrear, más destructivo y enfadoso para los franceses cuanto se asemejaba al de los pueblos primitivos en sus lides, igualmente eran de notar varios actos de la administración de Mina. Estableció este cerca de su campo casi todos los cuerpos y autoridades que residían antes en Pamplona, saltando de sitio en sitio al son de la guerra, pero desempeñando todos, no obstante, sus respectivos cargos con bastante regularidad, ya por la adhesión de los pueblos a la causa nacional, ya por el terror que infundía el solo nombre de Mina, cuya severidad frisaba a veces con cruel saña, si bien algo disculpable y forzosa en medio de los riesgos que le circuían y de los lazos que los enemigos le armaban.
Cubría principalmente Espoz y Mina sus necesidades con los bienes que secuestraba a los reputados traidores, con las presas y botín tomado al enemigo, y con el producto de las aduanas fronterizas. Modo el último de sacar dinero, quizá nuevo en la económica de la guerra. Resultó de un convenio hecho con los mismos franceses según el cual, nombrándose por cada parte interesada un comisionado, se recaudaban y distribuían entre ellos los derechos de entrada y salida. Amigos y enemigos ganaban en el trato, con la ventaja de dejar más expedito el comercio.
Juicio
de Wellington
sobre
las guerrillas.
(* Ap. n. [19-3].)
La utilidad y buenas resultas en la guerra de este fuego lento y devorador de las partidas reconocíalo Lord Wellington, quien decía por aquel tiempo en uno de sus pliegos, escrito en su acostumbrado lenguaje verídico, severo y frío.[*] «Las guerrillas obran muy activamente en todas las partes de España, y han sido felices muchas de sus últimas empresas contra el enemigo.»
Movimiento
de Wellington.