En una obra que se publica en París en lengua francesa bajo el título de Memorias del príncipe de la Paz, ha querido darse una desmentida a lo que dijimos en el primer tomo y libro de esta historia respecto de una comisión que tuvo en Londres Don Agustín Argüelles por los años de 1806. En comprobación de la verdad de lo que entonces referimos, insertamos aquí íntegra una carta documentada del mismo señor Argüelles, cuyo original conservamos en nuestro poder.
Madrid 12 de abril de 1837.
Querido Toreno: No puedo explicar a V. lo que me ha sorprendido la nota impresa del tomo 4.º de las Memorias del príncipe de la Paz, pág. 210, que V. me incluye en su estimada carta.
Es incomprensible que el autor de dichas Memorias niegue lo que pasó entre los dos, estando vivo el que afirmándolo no cree tener menor derecho a ser creído que el que lo contradice. Si él es un caballero en su patria, V. sabe muy bien que yo lo soy igualmente en ella; y este carácter de nacimiento en ambos, anterior e independiente de vicisitudes humanas, me impone el deber de vindicar y sostener como cierto lo que comuniqué a V. en Londres en junio de 1808, y le repetí después en varias ocasiones. Una sencilla relación de las principales circunstancias del hecho, que se intenta oscurecer con artificio en la referida nota, pondrá a V. en estado de juzgar con conocimiento de causa de la verdad de lo que aseguré a V. en la primer época en Inglaterra y después repetidas veces en España.
Hacia fines de septiembre de 1806, un día a cosa de las diez de la mañana me llamó a su despacho en la Caja de Consolidación el señor Don Manuel Sixto Espinosa, y quedando a solas los dos, me dijo en sustancia lo que sigue:
»Acabo de llegar de Aranjuez, y es preciso que V. se disponga para ir a Londres a una comisión importante y de la mayor reserva. A fin de asegurar esta reserva me he comprometido a que V. se encargue de la comisión, por lo mismo que V. no llamará la atención con su salida de aquí ni con su permanencia en aquella capital. La pérdida de Buenos Aires no puede menos de acarrear una catástrofe en la América, y de resultas la bancarrota del estado, si no se ataca prontamente el mal reconciliándonos con los ingleses. Así lo he declarado francamente en Aranjuez, añadiendo que yo no podía continuar al frente de la Caja en medio de tantos riesgos como se iban a correr con la prolongación de la guerra con Inglaterra. De resultas se ha convenido en intentarlo del mejor modo que sea posible.»
V. me ha oído diferentes veces hablar de mi sorpresa al verme designado por el señor Espinosa para una comisión semejante, siendo yo tan joven, sin experiencia de negocios, y con tan poca propensión a entrar en ellos. Finalmente, después de resistirlo cuanto pude, cedí con indecible repugnancia a sus reflexiones y salí de su despacho a disponer mi viaje. El 3 de octubre por la mañana me llevó el señor Espinosa en su propia berlina a casa del príncipe de la Paz. Tengo muy presente que en la escalera hallamos que bajaba el señor Noriega, entonces tesorero general, con quien se detuvo minutos el señor Espinosa. Noté que este último señor habiendo hablado con una persona, al parecer como secretario, entró sin preceder recado, y yo me quedé en una antesala. A poco rato la misma persona me hizo pasar adelante, y hallé en un salón inmediato al príncipe de la Paz con el señor Espinosa, ambos en pie. Como era la primera vez que yo veía al príncipe de cerca le observé con suma atención y recuerdo todavía muy distintamente su fisonomía, su tono de voz y hasta que tenía vestida una bata de seda de color oscuro. Después de haberme recibido con mucho agrado me dijo con muy poca diferencia lo siguiente:
«Ya el señor Don Manuel ha enterado a V. de la naturaleza del encargo que se le confía. Aprovechándose V. de las recomendaciones que V. lleve procurará V. persuadir a aquellos magnates (expresión que tengo muy presente) de que el gobierno está muy deseoso y dispuesto a entrar en negociaciones; y que admitirá gustoso cualquiera persona debidamente autorizada que quieran enviar al intento; y asegúreles V. desde luego que este gobierno no pondrá ninguna condición, sino una satisfacción por el insulto de las fragatas. V. se entenderá en derechura con el señor Don Manuel avisando sin pérdida de momento cuanto V. adelante, y en su consecuencia se le autorizará a V. para cuanto sea necesario y conveniente, según las circunstancias lo exigieren. Por lo que me ha informado el señor Don Manuel, no dudo que V. corresponderá a esta confianza con todo celo, actividad y reserva».
Contesté del mejor modo que me fue posible, y recuerdo también que el señor Espinosa, al volvernos en su berlina se manifestó muy satisfecho del modo como yo me había expresado. Al día siguiente 4 de octubre por la mañana, salí en posta para Lisboa donde entregué en propia mano al conde de Campo Alange, nuestro embajador en aquella corte, la carta de que acompaño copia autorizada en debida forma, pues acaba de hallarse y existe original en el archivo de nuestra legación. Antes de embarcarme recibí cartas del señor Espinosa en que me encargaba que lo hiciese sin pérdida de momento, y aprovechando el primer paquete salí para Falmouth, no obstante que me hallaba en cama con calentura. Desde Londres avisé puntualmente al señor Espinosa cuanto me habían contestado las personas con quienes hablé, lo que consta y se conserva original en el expediente respectivo, archivado con los demás pertenecientes a la correspondencia extranjera de aquel establecimiento.
De esta relación resulta que la comisión ha existido. Ni los términos en que me fue confiada, ni las circunstancias que la acompañaron, ni las intenciones con que pueda publicarse hoy la nota en que intenta oscurecer la verdad el autor de las Memorias pueden destruir el hecho. Yo no pude inventarle. Tan joven entonces, pues tendría poco más de 28 años, sin ningún carácter público que me hiciese conocido, siéndolo del señor Espinosa por una casualidad; entregado, como V. sabe, al estudio de libros y materias poco a propósito para hacer fortuna en ninguna carrera; reducido a un corto círculo de amigos, que V. conocía bien, modestos todos ellos y aficionados como yo a la vida retirada y laboriosa: ¿cómo era posible que yo fraguase encargo semejante? Me abstengo de hacer otras reflexiones en un punto en que la evidencia del hecho ni las reclama, ni las necesita. Espero que esta relación sea suficiente para que V. pueda vindicar el aserto de su obra, y si V. considerase conveniente aprovecharse de esta carta, autorizo a V. para que haga de ella y del documento adjunto el uso que su prudencia le dicte.