Los cuadros que se llevó el mariscal Soult no han vuelto a España, ni es probable vuelvan nunca. Se recobraron en 1815, del museo de París, varios de los que pertenecían a establecimientos públicos, entre los cuales se contaron los de la Caridad, restituidos a aquella casa, excepto el de Santa Isabel, que se ha conservado en la academia de San Fernando de Madrid. Con eso los moradores de Sevilla han podido ufanos continuar mostrando obras maestras de sus pintores, y no limitarse a enseñar tan solo, cual en otro tiempo los sicilianos, los lugares que aquellas ocupaban antes de la irrupción francesa.

Sigue su retirada
Soult.

Yendo, pues, de marcha a Murcia y Valencia el mariscal Soult, y unidas con él las tropas del general Drouet, aproximándose al mismo punto las mandadas por José en persona, y tratando unos y otros de incorporarse al ejército de la corona de Aragón, que regía el mariscal Suchet, nos parece, antes de pasar adelante, ocasión oportuna esta de referir lo que ocurrió durante estos meses en aquellas provincias.

Acontecimientos
en Valencia.

Inquietaba especialmente a Suchet el arribo que se anunciaba, y ya indicamos, de una escuadra anglo-siciliana procedente de Palermo. En julio creyó el mariscal ser buques de ella unos que por el 20 del propio mes se presentaron a la vista de Denia y Cullera, entre la Albufera y la desembocadura del Júcar, pues bastole el aviso para abandonar los confines de Valencia y Cuenca, aunque invadidos por Villacampa y Bassecourt, y reconcentrar sus fuerzas hacia la costa. Sin embargo, el amago no provenía aún de la expedición que se temía, sino de un plan de ataque que trataban de ejecutar los españoles. Habíale concebido Don José O’Donnell, general, como antes, del segundo y tercero ejército; y para llevarle a efecto había juzgado conveniente amenazar la costa con un gran número de bajeles españoles e ingleses, con cuya aparición, si bien no iban a bordo más tropas que el regimiento de Mallorca, se distrajese la atención del enemigo, y fuese más fácil acometer por tierra al general Harispe, que gobernaba la vanguardia francesa colocada en primera línea, vía de Alicante.

Acción
de Castalla.

Era en los mismos días de julio cuando intentaba el general español atacar a los enemigos. En cuatro trozos distribuyó su gente, cuyo número ascendía a 12.000 hombres. El ala derecha, que se componía de uno de los dichos trozos, bajo el mando de Don Felipe Roche, se alojaba entre Ibi y Jijona. Otro, formando el centro, acampaba a media legua de Castalla, y le regía el brigadier Don Luis Michelena. Servía de reserva el tercero, a las órdenes del conde del Montijo, a una legua a retaguardia en la venta de Tibi. El cuarto y último trozo, que era el ala izquierda, constaba de infantería y caballería: dependía aquella del coronel Don Fernando Miyares, y esta del coronel Santisteban, situándose los peones en Petrel y los jinetes en Villena; parece ser que los postreros tuvieron orden de ponerse entre Sax y Biar, y no donde lo verificaron, para caer sobre Ibi si los enemigos abandonaban el pueblo. Don Luis Bassecourt, por su lado, vino con la tercera división del segundo ejército sobre la retaguardia de los franceses.

Habiendo agolpado Suchet mucha de su gente hacia la costa, para observar la escuadra que se divisaba, no quedaban por los puntos que los nuestros se disponían a atacar sino fuerzas poco considerables: en Alcoy una reserva, a cuya cabeza permanecía el general Harispe; en Ibi una brigada de este, a las inmediatas órdenes del coronel Mesclop, estando avanzado hacia Castalla, con el séptimo regimiento de línea, el general Delort; acantonábase el veinticuatro de dragones en Onil y Biar.

Rompieron los nuestros la acometida en la mañana del 21. Repelido Mesclop por las tropas de Roche, trató de buscar amparo al lado de Delort, dejando en el fuerte de Ibi 2 cañones y algunas compañías. Mas acometido también el mismo Delort por nuestra izquierda y centro, se vio obligado a desamparar a Castalla, cuyo pueblo atravesó Michelena, situándose el francés en un paraje más próximo a Ibi, y dándose así la mano con Mesclop, aguardó de firme a que se juntasen los dragones. Verificado lo cual y advirtiendo que los españoles se mostraban confiados por el éxito de su primer avance, tomó la ofensiva y dispuso que, saliendo sus jinetes de los olivares, acometiesen a nuestros batallones, no apoyados por la caballería, con lo que consiguió desbaratarlos y aun acuchillar algunas tropas del centro. En balde intentó la reserva protegerlos: el enemigo se apoderó de una batería compuesta de solo 2 cañones, por no haber llegado los demás a tiempo, y cogió prisionero a un batallón de walones, abandonado por otro de Bajadoz: retirose en buena ordenanza el de Cuenca, que dio lugar a que se le reuniesen 2 escuadrones del segundo regimiento provisional de línea, únicos que presenciaron la acción, si bien fueron también deshechos.

Desembarazados los enemigos por el lado de Castalla, tornó Mesclop a Ibi y arremetió a los nuestros, del mando de Roche. Recibieron los españoles con serenidad la acometida, y aun permanecieron inmobles, hasta que acudiendo de Alcoy el general Harispe con un regimiento de refresco, se fueron retirando con bastante orden por el país quebrado y de sierra que conduce a Alicante, en donde entraron sin particular contratiempo. Perdieron los españoles en tan desastrosa jornada 2796 prisioneros, más de 800 entre muertos y heridos, 2 cañones, 3 banderas, fusiles y bastantes municiones.