Abandonó Wellington del todo el 15 las estancias de Salamanca, y partió distribuido su ejército en tres trozos que conservaban paralelas distancias, en cuanto lo consentía el terreno doblado de aquella comarca. Mandaba la primera columna el general Hill, la segunda o centro sir Eduardo Paget; componían la tercera los españoles. Cruzaron todos el Zurguén, y acamparon por la noche en los olivares que lame el Valmuza, tributario del Tormes. El tiempo lluvioso, las aguas rebalsadas en las tierras bajas, los víveres escasos, si bien se había surtido al soldado de pan para seis días, pero inútilmente, por la relajación de la disciplina sino en los casos de pelear. Los caballos desprovistos de forraje y pienso, teniendo que acudir para alimentarse a pacer la yerba o a ramonear y descortezar los árboles. Desaprovecharon los franceses, asistidos como se hallaban de fuerzas superiores, esta oportunidad de introducir desorden, y aumentar la turbación en el ejército aliado.
Desorden
en la retirada.
Permanecieron los nuestros al raso el 16, en un bosque a dos leguas de Tamames. Al día siguiente dirigieron su marcha por unos encinares, y detrás el enemigo sin perder la huella de la retaguardia. Aquí pastaban unas piaras, y con ellas rompieron recia escaramuza los soldados, así españoles como ingleses y portugueses, echándose la culpa unos a otros; hubo ocasión en que el fuego indujo a error, creyendo ser lid con hombres la que solo lo era contra desdichados animales.
El desconcierto que nacía de tales incidentes junto con lo pantanoso e intransitable de los caminos, y lo hinchado de los arroyos, que desunían las divisiones o columnas, fue causa de que resultase entre dos de ellas un espacioso claro. Disgustado sir Eduardo Paget, y deseoso de averiguar en qué consistía, cabalgó de una a otra, en sazón justamente en que se interponía entre las columnas separadas un cuerpo de caballería enemiga que, cayendo de repente sobre el general inglés, Cae prisionero
el general Paget. le hizo prisionero sin resistencia. Afortunadamente ignoraban los franceses la verdadera situación de los aliados, si no otros perjuicios pudieran haberse seguido. Desde el Tormes no hubo más que cañoneo y escaramuza por ambas partes, con amago a veces de formalizarse campal batalla. Lord Wellington, cuya serenidad y presencia por doquiera alentaba y contribuía a que el soldado no diese suelta a su indisciplina, estableció en la noche del 18 sus cuarteles en Ciudad Rodrigo, y cruzando en los días 19 y 20 el Águeda, Entra
lord Wellington
en Portugal. pisó en breve tierra de Portugal. Los españoles se dirigieron por lo interior de este reino a Galicia; alojándose otra vez en el Bierzo el sexto ejército para rehacerse y prepararse a nuevas campañas. Pasan a Galicia
y Asturias
el sexto ejército
español y Porlier. Tornó Porlier a Asturias, y las fuerzas de Extremadura que habían venido con Hill se acuartelaron durante el invierno en Cáceres y pueblos inmediatos, quedando cerca de Wellington pocos cuerpos y guerrillas, de las que algunas regolfaron otra vez a Castilla.
Defensa honrosa
del castillo
de Alba
de Tormes.
Entre tanto el gobernador de Alba de Tormes Don José Miranda Cabezón, a quien encargó Wellington sustentar el punto, condújose dignamente: reanimando su espíritu, si menester fuera, la vista de aquellas paredes en donde se representaban todavía las principales batallas de que saliera vencedor en otro tiempo el inmortal duque de Alba, Don Fernando Álvarez de Toledo. Solo Miranda, y ya lejos los ejércitos aliados, empezaron los enemigos a intimarle la rendición. Respondió Miranda siempre con brío a los diversos requerimientos, no desperdiciando coyuntura de hacer salidas y coger prisioneros. Ocuparon luego los franceses los lugares altos para descubrir a los nuestros que se defendían bravamente detrás de los muros, de las ruinas y parapetos del castillo. Así continuaron hasta el 24 de noviembre, en cuya noche resolvió el gobernador evacuar aquel recinto, dejando solo dentro al teniente de voluntarios del Ribero, Don Nicolás Solar, con 20 hombres, 33 enfermos y 112 prisioneros hechos en las anteriores salidas. Ordenó a este su jefe sostener fuego vivo por algún tiempo para cubrir al sitiador la escapada de la guarnición. Al ser de día llegó Miranda con los suyos al Carpio, pero teniendo que andar por medio de los enemigos y de sus puestos avanzados, viose obligado para evitar su encuentro a marchar y contramarchar durante los días 25, 26 y 27, hasta que el 28 favorecido por un movimiento de los contrarios, y ejecutando una marcha rápida, se desembarazó de ellos y se acogió libre al puerto del Pico. Antes de salir Miranda del castillo se correspondió con el general francés que le sitiaba, y en el último oficio díjole:[*] (* Ap. n. [20-9].) «Emprendo la salida con mi guarnición; si las fuerzas de V. S. me encontrasen, siendo compatibles, pelearemos en campo raso. Dejo a V. S. el castillo con los enseres que encierra, particularmente los prisioneros, a quienes he mirado con toda mi consideración, y omito suplicar a V. S. tenga la suya con el oficial, enfermos y demás individuos que quedan a su cuidado, supuesto que sus escritos me han hecho ver la generosidad de su corazón.» Celebró debidamente lord Wellington el porte de Miranda, y tributáronle todos justas alabanzas.
Cuarteles
de Wellington
en Portugal.
Penetrado que hubo en Portugal el general inglés, tomó cuarteles de invierno, acantonando su gente en una línea que se extendía desde Lamego hasta las sierras de Baños y Béjar, así para proporcionarse vituallas con mayor facilidad como para atalayar todos los pasos, y de manera que pudieran sus diferentes cuerpos reconcentrarse con celeridad y presteza. Divídense
los franceses. Los franceses, por su parte, tomaron varios rumbos y posiciones, esparciéndose por Castilla la Vieja, a las órdenes de Souham y Caffarelli, sus ejércitos de Portugal y el Norte, y revolviendo sobre Castilla la Nueva, regidos siempre por el rey intruso y los mariscales Jourdan y Soult, los del Centro y Mediodía.
Vuelve José
a Madrid.
En la tarde del 3 de diciembre entró de nuevo José en Madrid, enluteciéndose los corazones de los vecinos, comprometidos cada vez más con idas y venidas de unos y otros, y abrumados de cargas y de no interrumpidas infelicidades y desventuras. Mandó, no obstante, el gobierno intruso que se iluminasen los casas por el espacio de tres días en celebridad del retorno de su monarca, quien se mostró aun más placentero y apacible que lo que tenía de costumbre. Las demostraciones de alegría apesadumbraban a los moradores en vez de divertirlos y entretenerlos, mirándolas como mofa de sus miserias: ocasión bastante, cuando no fuera ayudada de tantas otras, para que creciese la indignación en los pechos.