Eran pasados dos lustros, cuando un día recibió don Juan, en vez del ancho pliego acostumbrado, escrito por las cuatro carillas y cruzado después, una esquelita sin cruzar, grave y reservada en su estilo, y en que hasta la letra carecía del abandono que imprime la efusión del espíritu guiando la mano y haciéndola acariciar, por decirlo así, el papel. ¡Oh mujer, oh agua corriente, oh llama fugaz, oh soplo de aire! Estrella pedía á don Juan que ni se sorprendiese ni se enojase, y le confesaba que iba á casarse muy pronto... Se había presentado un novio á pedir de boca, un caballero excelente, rico, honrado, á quien el padre de Estrella debía atenciones sin cuento; y los consejos y exhortaciones de todos habían decidido á la santita,—que esperaba, con la ayuda de Dios, ser dichosa en su nuevo estado y ganar el cielo.

Quedó don Juan absorto breves instantes; luego arrugó el papel y lo lanzó con desprecio á la encendida chimenea. ¡Pensar que si alguien le hubiese dicho dos horas antes que podía casarse Estrella, al tal le hubiese tratado de bellaca calumniador! ¡Y se lo participaba ella misma, sin rubor, como el que cuenta la cosa más natural y lícita del mundo!

Desde aquel día don Juan, el alegre libertino, ha perdido su última ilusión; su alma va peregrinando entre sombras, sin ver jamás el resplandorcito de la lámpara suave que una virgen protege con la mano; y el que aún tenía algo de hombre, es solo fiera, con dientes para morder y garras para destrozar sin misericordia. Su profesión de fe es una carcajada cínica, su amor un latigazo que quema y arranca la piel haciendo brotar la sangre...

Me diréis que la santita tenía derecho á buscar felicidades reales y goces siempre más puros que los que libaba sin tregua su desenfrenado ídolo. Y acaso diréis muy bien, según el vulgar sentido común y la enana razoncilla práctica. ¡Que esa enteca razón os aproveche! En el sentir de los poetas, menos malo es ser galeote, del vicio que desertor del ideal. La santita pecó contra la poesía y contra los sueños divinos del amor irrealizable.—Don Juan, creyendo en su abnegación eterna, era, de los dos, el verdadero soñador.

Desquite

TRIFÓN Liliosa nació raquítico y contrahecho, y tuvo la malaventura de no morirse en la niñez. Con los años creció más que su cuerpo su fealdad, y se desarrolló su imaginación combustible, su exaltado amor propio y su nervioso temperamento de artista y de ambicioso. A los quince, Trifón, huérfano de madre desde la cuna, no había escuchado una palabra cariñosa; en cambio había aguantado innumerables torniscones, sufrido continuas burlas y desprecios, y recibido el apodo de Fenómeno; á los diez y siete se escapaba de su casa, y, aprovechando lo poco que sabía de música, se contrataba en una murga, en una orquesta después. Sus rápidos adelantos le entreabrieron el paraíso: esperó llegar á ser un compositor genial, un Weber, un Listz. Adivinaba en toda su plenitud la magnificencia de la gloria, y ya se veía festejado, aplaudido, olvidada su deformidad, disimulada y cubierta por un haz de balsámicos laureles. La edad viril—¿pueden llamarse así los treinta años de un escuerzo?—disipó estas quimeras de la juventud. Trifón Liliosa hubo de convencerse de que era uno de los muchos llamados y no escogidos; de los que ven cercana la tierra de promisión, pero no llegan nunca á pisar sus floridos valles. La pérdida de ilusiones tales deja el alma muy negra, muy ulcerada, muy venenosa. Cuando Trifón se resignó á no pasar nunca de maestro de música á domicilio, tuvo un ataque de ictericia tan cruel, que la bilis le rebosaba hasta por los amarillentos ojos.

Lecciones le salían á docenas, no sólo porque era en realidad un excelente profesor, sino porque tranquilizaba á los padres su ridícula facha y su corcova. ¿Qué señorita, ni la más impresionable, iba á correr peligro con aquel macaco, cuyo talle era un jarrón, cuyas manos desproporcionadas parecían, al vagar sobre las teclas, arañas pálidas á medio despachurrar? Y se lo espetó en su misma cara, sin reparo alguno—al llamarle para enseñar á su hija canto y piano,—la madre de la linda María Vega. Sólo á un sujeto «así como él», le permitiría acercarse á niña tan candorosa y tan sentimental. ¡Mientras mayor inocencia en las criaturas, más prudencia y precaución en las madres!

Con todo, no era prudente, y menos aún delicada y caritativa la franqueza de la señora. Nadie debe ser la gota de agua que hace desbordar el vaso de amargura, y por muy convencido que esté de su miseria el miserable, recia cosa es arrojársela al rostro. Pensó sin duda la inconsiderada señora que Trifón, habiéndose mirado al espejo, sabría de sobra que era un monstruo; y ciertamente, Trifón se había mirado y conocía su triste catadura; y así y todo le hirió, como hiere el insulto cobarde, la frase que le excluía del número de los hombres; y aquella noche misma, revolviéndose en su frío lecho, mordiendo de rabia las sábanas, decidió entre sí: «Esta pagará por todas: ésta será mi desquite. ¡La necia de la madre, que sólo ha mirado mi cuerpo, no sabe que con el espíritu se puede seducir á las mujeres que tienen espíritu también!»