—Marcelo entró en aquel cuarto temblando de gozo, paladeando con la imaginación el bien que esperaba. No se había atrevido Manuelita á encender luz, pero la de la luna entraba á oleadas por la reja—en la cual se apoyaba la muchacha ruborizada y acaso medio arrepentida ya—y alumbraba de lleno su rostro, haciéndolo parecer más descolorido, del tono de los jazmines que lucía apiñados en el negro rodete. Marcelo se adelantó como el que camina en sueños, y al aproximarse á Manuelita, al rodear con los brazos el talle curvo que se doblegaba, al respirar con los labios el perfume de las blancas flores tan próximas á la mejilla fresca y á la garganta tornátil, su boca exhaló, entre hondo suspiro, un nombre... ¡el nombre de Jacinta! Y al oirse, al repetir involuntariamente tal nombre, espantado, como si viese á una sierpe, se desprendió, retrocedió, se tambaleó y al fin huyó, subiendo la escalera á tientas y encerrándose en su dormitorio... donde pasó la noche entre remordimientos y lágrimas, para salir á la madrugada camino de Córdoba, y desde Córdoba á París...—¿Comprenden ustedes el motivo de la conducta de Marcelo?
—Que para él sólo existía Jacinta; Manuelita no había existido nunca, sino por la pasajera realidad que le comunicó su parecido con la otra...—respondimos algo impresionados, reflexionando á pesar nuestro.
—Exactamente... Veo que son ustedes perspicaces... Al pensar Marcelo que se libertaba de su criminal pasión, lo que hacía era recaer en ella de plano, satisfacerla, entregarse... ¿Y la belleza? Tan guapa era Manuela la cortijerita, como Jacinta la dama. ¡Acaso más!
—Marcelo se me figura demasiado idealista—indicó Tresmes en tono desdeñoso.
—Todos lo somos...—declaró Donato.—Y la belleza, una idea, unas gotas de ilusión, para uso interno...
Memento
EL recuerdo más vivaz de mis tiempos estudiantiles—dijo el doctor sonriendo á la evocación—no es el de varios amorcillos y lances parecidos á los que puede contar todo el mundo, ni el de ciertas mejillas bonitas cuyas rosas embalsamaron mis sueños. Lo que no olvido, lo que á cada paso veo con mayor relieve, es... la tertulia de mi tía Gabriela, doncella machucha, á quien acompañaban todas las tardes otras tres viejas apolilladas, igualmente aspirantes á la palma sobre el ataud.
Reuníanse las cuatro, según he dicho, por la tarde—pues de noche las cohibían miedos, achaques y devociones—en el gabinetito, desde cuyas ventanas se divisaban los ricos ajimeces góticos y los altos muros de la Catedral; y yo solía abandonar el paseo—á tal hora lleno de muchachas deseosas de escuchar piropos—para encerrarme entre aquellas cuatro paredes vestidas de un papel rameado que fué verde y ya era blancuzco, sentarme en la butaca de fatigados muelles, anchota y blandufa, al cabo también anciana, y recibir de una mano diminuta, seca, cubierta por la rejilla de un mitón negro, palmadita suave en el hombro, mientras una cascada voz murmuraba: «Hola, ¿ya viniste, calamidad? Hoy se muere de gozo Candidita».