—Madre—repuso atónito el ratoncillo—apenas puedo creer lo que me aseguras. El agua que corre limpia y clara entre las flores del prado no tiene los matices de aquellos cándidos ojos ya verdes, ya azulados, siempre dulces, donde siempre juega misteriosamente la luz. Los pétalos de las azucenas y de los lirios del valle ceden en blancura á su nevada piel, que debe de ser más suave que el terciopelo y más flexible que la seda. ¿Cómo quieres que vea un monstruo sanguinario y horrible en la gata? ¡Ay, madre! desde que la contemplé, sólo en ella pienso. Cuanto no es ella, me parece indigno de existir. Antes me gustaban el prado y el cielo y los árboles. Ahora todo me cansa y todo lo desprecio. Madre, cúrame de este mal, porque me siento tan triste, que creo que se me va á acabar la vida.

Ya supondréis que la pobre ratona haría cuanto cabe para distraer y aliviar á su retoño. A fin de cambiar sus pensamientos en otros más lícitos, llevóle al agujero de unas ratas algo parientas suyas, jóvenes, ricas y honradas, que vivían royendo el trigo de repleto granero; pero el ratón se aburría de muerte entre los montones de grano, en la obscuridad de la troj, y echaba de menos el prado, que iluminaba, antes que el sol, la presencia de la gata blanca. Porque ya varias veces la había visto pasar juguetona y ligera, fijando sus radiantes pupilas en las inaccesibles alturas del árbol, y siempre que la gata aparecía, el ratón sentía ensanchársele la vida y escapársele el alma—sí, el alma, porque el amor hasta en las bestias la infunde—detrás de aquella maga de los verdes ojos.

No hubiese querido la ratona en tan críticas circunstancias separarse un minuto de su hijo, pero era forzoso salir á cazar, á procurar subsistencia para la familia, y llegó una mañana en que habiendo madrugado la ratona á dejar el nido antes de que amaneciese, el joven ratón, pensativo y melancólico, se asomó al agujero para ver nacer el día. Recta faja dorada franjeó el horizonte; poco á poco la bruma se rasgó y fué absorbiéndose en la clara pureza del cielo, por donde el sol ascendía como una rosa de oro pálido; los pajaritos saludaron su gloriosa luz con un himno de alegría alborozado y triunfal, y sobre la hierba, aljofarada aún de rocío, como sobre una red de diamantes, mostróse pasando con aristocrática delicadeza y remilgada precaución, la hermosa gata blanca.

Exhaló el ratón un chillido de júbilo; la gata le miraba, parecía llamarle, invitarle á que descendiese.—¿Quieres jugar conmigo?—preguntóla él, sin reflexionar, sin acordarse para nada de las maternales advertencias.—Baja—pareció contestar con sus ojos misteriosos la gatita. Y el ratón bajó aprisa, disparado, ebrio de felicidad, y el juego dió principio, con muchos saltos y carreras. Fingía huir la gata; escondíase entre sauces y mimbres, y cuando el ratón se cansaba de perseguirla, ella se dejaba caer sobre la muelle alfombra del prado, y escondiendo las uñas recibía con las patitas de terciopelo al ratón, y ya le despedía, en broma, ya le estrechaba, retozando, en deleitosa mezcla é indescifrable confusión de tratamientos ásperos y dulces.

Nunca sabía el ratón, en aquel juego de veleidades, si iba á ser acogido con demostración tierna y mimosa ó con fiero y desdeñoso zarpazo; y en los amados ojos de la esfinge tan pronto veía piélagos de voluptuosidad y relámpagos de risa, como destellos de ferocidad y chispazos sombríos y crueles. Más de una vez creyó notar que las patitas blandas y muertas se crispaban de súbito, y que bajo lo afelpado de la piel surgían uñas de acero. Y ¡cosa rara! no bien pensaba advertir síntomas tan alarmantes, el ratón cerraba los párpados y volvía gozoso y tembloroso á solazarse con la gata blanca.

Duraba aún el juego, cuando por la tarde regresó la ratona y vió de lejos la escena y á su hijo mano á mano con el monstruo. Llorando y desesperada gritóle desde lejos:—Hijo mío, que te pierdes.—El ratón, por supuesto, no la hizo maldito caso. ¡Sí, para oir consejos estaba él! Subido al quinto cielo, nunca el juego le había encantado más. La gata, por el contrario, empezaba á fatigarse y á sospechar que había perdido bastante tiempo con un ratoncillo de mala muerte; y al notar que iba á ponerse el sol, que se hacía tarde—sin modificar apenas su actitud, siempre graciosa y juguetona, como el que no hace nada—torció la cabeza, aseguró con la boca al ratoncillo, hincó los agudos dientes... y le lanzó al aire palpitante y moribundo, para recibirle en las uñas, tendidas con violencia feroz...

A punto que una nube de sangre cubría ya los ojos del desdichado, y el delirio de la agonía ofuscaba sus sentidos, todavía pudo oirse cómo murmuraba débilmente:—¿Quieres jugar conmigo, gatita blanca?

Por eso su madre hizo mal en llorar amargamente al incauto ratón. ¡El espiró tan satisfecho, tan á gusto!