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—¿Y le fusilaron?—preguntamos ansiosos.

—¡Pues no! Según deseaba el General, á un tiempo se cavó la hoya del marido y la del amante. Yo, después del horrible día, me marché de M***, donde me consumía el tedio. Al volver, pasados cinco años, tuve curiosidad de saber qué había sido de la esposa del capitán Ortiz... y aquí de lo que decíamos: supe que vivía tranquila, casada en segundas nupcias con un acaudalado caballero. Sin embargo, en M*** era pública la causa del triste fin de Ramiro...

Acabó así su relato Carmona, y vimos que inclinaba la cabeza, abrumado por memorias crueles.

La cabellera de Laura

MADRE é hija vivían, si vivir se llama aquello, en húmedo zaquizamí, al cual se bajaba por los raídos peldaños de una escalera abierta en la tierra misma: la claridad entraba á duras penas, macilenta y recelosa, al través de un ventanillo enrejado; y la única habitación les servía de cocina, dormitorio y cámara.

Encerrada allí pasaba Laura los días, trabajando afanosamente en sus randas y picos de encaje, sin salir nunca ni ver la luz del sol, cuidando á su madre achacosa, y consolándola siempre que renegaba de la adversa fortuna. ¡Hallarse reducidas á tal extremidad dos damas de rancio abolengo, antaño poseedoras de haciendas, dehesas y joyas á porrillo! ¡Acostarse á la luz de un candil ellas, á quienes habían alumbrado pajes con velas de cera en candelabros de plata! No lo podía sufrir la hoy menesterosa señora, y cuando su hija, con el acento tranquilo de la resignación, la aconsejaba someterse á la divina voluntad, sus labios exhalaban murmullos de impaciencia y coléricas maldiciones.

Como siempre los males pueden crecer, llegó un invierno de los más rigurosos, y faltó á Laura el trabajo con que ganaba el sustento. A la decente pobreza sustituyó la negra miseria; á la escasez, el hambre de cóncavas mejillas y dientes amarillos y largos.