—Señor caballero—decía en voz lastimera y humilde,—¿necesitan por casa de su merced una labrandera buena y diligente? No hay donde trabajar, y mi madre no tiene qué comer.

—Esa es mi casa—respondió distraidamente don Luis, que pensaba en sus fantásticos amores;—ven mañana, que tendrás harta labor... Toma á cuenta,—y dejó en la mano tendida un escudo.

Al otro día, Laura, sentada en el hueco de una reja de la casa de don Luis, con una canastilla de ropa blanca delante, cosía en silencio, sin tomar parte en la charla de las dueñas; sufría al dejar su morada, su enferma, su retiro; la fatiga encendía sus mejillas antes pálidas. Entraban por la reja los dardos del sol, y se prendían en los anillos, cortos y sedosos como plumón de pajarito nuevo, de la cabeza descubierta, que no velaba el capuz. Y, casualmente, pasó don Luis tan absorto, que ni miró á la joven labrandera. Pero ella, reconociendo en don Luis al caballero galán de quien no había cesado de acordarse,—el que vió cuando salía de vender su cabellera en casa de la bruja,—exhaló un grito involuntario... Al oirlo, volvióse don Luis, y cruzando las manos, creyó que alguna aparición del cielo le visitaba, pues reconoció el matiz único de la melena rubia en la ensortijada testa que bañaba el sol... Y dirigiéndose á las dueñas y á las mozas de servicio con imperio y ufanía, dijo solemnemente:

—No labréis más; hoy es día de fiesta; saludad á vuestra señora...

Delincuente honrado

DE todos los reos de muerte que he asistido en sus últimos instantes—nos dijo el Padre Téllez, que aquel día estaba animado y verboso—el que me infundió mayor lástima fué un zapatero de viejo, asesino de su hija única. El crimen era horrible. El tal zapatero, después de haber tenido á la pobre muchacha rigurosamente encerrada entre cuatro paredes; después de reprenderla por asomarse á la ventana; después de maltratarla, pegándola por leves descuidos, acabó llegándose una noche á su cama, y clavándola en la garganta el cuchillo de cortar suela. La pobrecilla parece que no tuvo tiempo ni de dar un grito, porque el golpe segó la carótida. Esos cuchillos son un arma atroz, y al padre no le tembló la mano; de modo que la muchacha pasó, sin transición, del sueño á la eternidad.

La indignación de las comadres del barrio y de cuantos vieron el cadáver de una criatura preciosa de diez y siete años, tan alevosamente sacrificada, pesó sobre el Jurado; y como el asesino no se defendía y parecía medio estúpido, le condenaron á la última pena. Cuando tuve que ejercer con él mi sagrado ministerio, á la verdad, temí encontrar, detrás de un rostro de fiera, un corazón de corcho, ó unos sentimientos monstruosos y salvajes. Lo que ví fué un anciano de blanquísimos cabellos, cara demacrada y ojos enrojecidos, merced al continuo fluir de las lágrimas, que poco á poco se deslizaban por las mejillas consumidas, y á veces paraban en los labios temblones, donde el criminal, sin querer, las bebía y saboreaba su amargor.

Lejos de hallarle rebelde á la divina palabra, apenas entré en su celda se abrazó á mis rodillas y me pidió que le escuchase en confesión, rogándome también que, después de cumplir el fallo de la justicia, hiciese públicas sus revelaciones en los periódicos, para que rehabilitasen su memoria y quedase su decoro como correspondía. No juzgué procedente acceder en este particular á sus deseos: pero hoy los invoco, y me autorizan para contarles á ustedes la historia. Procuraré recordar el mismo lenguaje de que él se sirvió, y no omitiré las repeticiones, que prueban el trastorno de su mísera cabeza: