Lo histórico es que, en una noche de invierno muy obscura y muy larga, la puerta del Pazo se abrió sin ruido para dejar entrar á un hombre robusto, recio, vestido con el clásico traje del país, que hoy está casi en desuso. La Condesa le esperaba en el zaguán: tomóle de la mano, y por un pasadizo obscuro le llevó á una habitación interior, que alumbraba una vela de cera puesta en candelabro de maciza plata.—Era el oratorio.—Detrás de las colgaduras de damasco carmesí que lo vestían, y que replegó la dama, el hombre vió abierto un boquete, á manera de cueva; un agujero sombrío. Repito lo de antes: no busco efectos; pero aunque los buscase, creo que ninguno tan terrible como decir sin más circunloquios que el hombre—un casero, en las costumbres de entonces casi un ciervo de la Condesa—era el mismo padre de la zagala á quien el Conde solía visitar; y que doña Magdalena, enseñándole el negro hueco, advirtió al labrador que allí ocultarían el cadáver del Conde. En seguida le entregó un hacha nueva, afilada y cortante.
¿Temió aquel hombre por la vida de su hija y por la suya propia? ¿Impulsóle la cobardía ó el respeto tradicional á la casa de Lobeira? ¿Fué la sugestión que ejerce sobre un cerebro inculto y una voluntad irresoluta y débil, la hembra resuelta, de arrebatadas pasiones? ¿Fué codicia, tentación de onzas y de ricos joyeles que la esposa ultrajada le ofrecía en precio de la sangre? El caso es, que si hubo resistencia por parte del labriego, duró bien poco. Según su declaración, hizo la señal de la cruz (¡atroz detalle!) descalzóse, empuñó el hacha y siguió á la Condesa hasta el aposento en que el Conde dormía. Y mientras la señora alumbraba con la vela de cera del oratorio, el labriego descargó un golpe, otro, diez, en la frente, la cara, el pecho... El dormido no chistó: parece que al primer hachazo abrió unos ojos muy espantados... y luego, nada. Sábanas, colchones, el hacha y el muerto, todo fué arrojado al escondrijo; la Condesa lavó las manchas del suelo, cerró la trampa, y atestando de oro la faltriquera del asesino, le despachó con orden de cruzar el Miño y meterse en Portugal.
Un rumor, vago al principio y después muy insistente, se alzó con motivo de la desaparición del Conde de Lobeira. Su esposa hablaba de viajes motivados por un pleito; y en el oratorio, bajo cuyo piso yacía mi bisabuelo asesinado, celebrábase diariamente el santo sacrificio de la misa, asistiendo á él doña Magdalena, lo mismo que la ve usted retratada ahí: pálida, grave, modesta, rodeada de sus hijos, que la besaban la mano cariñosos. En aquel tiempo no había prensa que escudriñase misterios, y la coincidencia de la desaparición del Conde y la del casero y su hija la linda moza, dió pie á que se sospechase que el esposo de doña Magdalena vivía muy á gusto en algún rincón de esos que saben buscar los enamorados. No faltó quien compadeciese á la abandonada señora, en torno de la cual el respeto ascendió, como asciende la marea. Al verla pasar, derecha, macilenta, siempre de negro, la gente se descubría.
Y así corrió un año entero.
Al cumplirse, día por día, á corta distancia del Pazo de Lobeira apareció un hombre profundamente dormido; era el casero de la Condesa; y los demás labriegos, que le rodeaban esperando á que despertase, quedaron atónitos cuando al volver en sí, á gritos confesó el crimen, á gritos se denunció y á gritos pidió que le llevasen ante la justicia. Hay fenómenos morales que no explica satisfactoriamente ningún raciocinio: la mitad de nuestra alma está sumergida en sombras, y nadie es capaz de presentir qué alimañas saldrían de esa caverna, si nos empeñásemos en registrarla. El aldeano, cuando le preguntaron el móvil de su conducta, afirmó con rústicas razones que no lo sabía; que una gana irresistible—un volunto, como dicen ahora—le obligó á salir de Portugal y á ver de nuevo el Pazo; y que al avistarlo, le acometió un sueño letárgico, invencible también, y ya despierto, un ímpetu de confesar, de decir la verdad, de ser castigado—porque sin duda, calculo yo, su endeble alma no podía con el peso del secreto, que impenetrable y tranquila guardaba el alma varonil de doña Magdalena.
La prendieron, claro está, y aún se enseña en la cárcel marinedina el negro calabozo donde la Condesa de Lobeira se pudrió muchos meses... El casero fue ahorcado; y para librar á mi bisabuela del patíbulo, empeñóse la hacienda de mi casa. La justicia se comió con apetito tan sabrosa breva, y nuestra decadencia viene de ahí.
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Alcé los ojos y busqué los del retrato. La mirada de doña Magdalena se me figuró más tenaz, más intensa, más dolorosa. El biznieto callaba y suspiraba, como si le oprimiese el corazón el drama ancestral, como si percibiese la humedad de las lágrimas evaporadas hace un siglo.