»Se me trastornó el sentido. Hice mal, muy mal, y sin embargo, no sé, en mi pellejo, lo que harían más de cien santones. En fin, repito que me puse como lunático, y sin intención, sin premeditar las consecuencias (porque repito que perdí la chaveta completamente), yo, que había vivido más de veinte años como hombre de bien y marido leal, lo eché á rodar todo en un día... en un cuarto de hora...
»Todo á rodar, no; porque tan cierto como que Dios nos oye, yo seguía consagrando un cariño profundo, inalterable, á mi mujer, y si me proponen que la deje y me vaya con Mercedes por esos mundos—se lo confesé á Mercedes misma, no crea usted, y lloró á mares,—antes me aparto de cien Mercedes que de mi esposa. Después de tantos años de vida común, se me figuraba que Romana y yo habíamos nacido al mismo tiempo, y que reunidos y cogidos de las manos debíamos morir. Sólo que Mercedes me sorbía el seso, y cuando la sentía acercarse á mí, la sangre me daba una sola vuelta de arriba abajo, y se me abrasaba el paladar, y en los oídos me parecía que resonaba galope de caballos, un estrépito que me aturdía.»
—¿Es de Mercedes el retrato que está sobre el piano?—pregunté al viejo.
—De Mercedes es. Pues verá usted: Romana se malició algo, y los chismosos intrigantes se encargaron de lo demás. Entonces, por evitar disgustos, conté una historia: dije que unos señores de Marineda, que iban á pasar larga temporada en Madrid, querían llevarse á Mercedes, y lo que hice fué amueblar en Marineda un piso, donde Mercedes se estableció decorosamente, con una criadita. A pretexto de asuntos, yo veía á la muchacha una vez por semana lo menos. Así, la situación fué mejor... vamos, más tolerable que si estuviesen las dos bajo un mismo techo, y yo entre ellas.
»Romana callaba,—era muy prudente,—pero andaba inquieta, pensativa, alterada; y decía yo: ¿por dónde estallará la bomba? Y estalló... ¿por dónde creerá usted? Una tarde que volví de Marineda, mi mujer, sin darme tiempo á soltar la capa, se encerró conmigo en su cuarto y me dijo que no ignoraba el estado de Mercedes... ¡Ya supondrá usted cuál sería el estado de Mercedes!... y que, pues había sufrido tanto y con tal paciencia, lo que naciese, para ella, para Romana, tenía que ser en toda propiedad..... como si lo hubiese parido Romana misma.
»Me quedé tonto. Y el caso es que mi mujer se expresaba de tal manera, ¡con un tono y unas palabras!, y tenía además tanta razón y tal sobra de motivos para mandar y exigir, que apenas nació el niño y lo ví empañado, lo envolví en un chal de calceta que me dió Romana para ese fin, y en el coche de Marineda á Goyán hizo su primer viaje de este mundo.»
—¿Ese niño es el que está retratado al lado de su esposa de usted, dentro de los marcos gemelos?
—Ajajá. Precisamente. ¡Mire usted: dificulto que ningún chiquillo, ni Alfonso XIII, se haya visto mejor cuidado y más estimado! Romana, desde que se apoderó del pequeño, no hizo caso de mí, ni de nadie, sino de él. El niño dormía en su cuarto; ella le vestía, ella le desnudaba, ella le tenía en el regazo, ella le enseñaba á juntar las letras y ella le hacía rezar. Hasta formó resolución de testar en favor del niño... Sólo que él falleció antes que Romana; como que al rapaz le dieron las viruelas el 20 de Marzo, y una semana después voló á la gloria... y Romana, el 7 de Abril fué cuando la desahució el médico, y la perdí á la madrugada siguiente.»
—¿Se la pegaron las viruelas?—pregunté al señor de Bernárdez, que se aplicaba el pañuelo sin desdoblar á los ribeteados y mortecinos ojos.
—¡Naturalmente... Si no se apartó del niño!