—No entiendo...—tartamudeó el infiel, con raros presentimientos y peregrinas sospechas.

—Ahora entenderás...—¿No tienes hijos, Julio?—interrogó ella derramando dulzura y compasión, y, por extraña mezcla, despecho involuntario.

Él no contestó. Medio arrodillado, medio doblegado, cayó sobre la banqueta de terciopelo frente al Belén. El mundo se le venía encima: ¡lo que adivinaba era tan grande, tan increíble! Quería pedir perdón, disculparse, explicar..., pero la garganta se resistía. Isabel, llegándose á su marido, le echó al cuello los brazos, sofocada de indignación, pero magnífica de generosidad.

—No se hable más del caso... Tranquilízate... Así como así, estábamos muy solos, muy aburridos á veces en esta casa tan grandona. Yo tenía muchas, muchas ganas de un chiquillo, ¿sabes? No te lo decía por no afligirte. Hace catorce años que nos hemos casado, de manera que ya las esperanzas... ¡Qué se le ha de hacer! No es uno quien dispone estas cosas... Vamos, no te pongas así, Julio, hijo mío... Alégrate. ¡Hoy nos ha nacido una pequeña!...

Revenga, en silencio, besó las manos, besó á bulto la cara y el traje de su mujer. Temblaba, más de vergüenza y de remordimiento—es justo decirlo—que de gozo. Sus labios se abrieron por fin, y fue para repetir desatentadamente:

—¿Cómo has sabido...? Mira, yo no veo á esa mujer..., te juro que no, que no la veo... Te juro que no me importa, que la detesto, que...

—Estoy bien informada—contestó Isabel un tanto desdeñosa, apacible.—Me consta que no la ves ni la oyes. Su venganza, su desquite por tu abandono, fue enterarme de todo..., y por fin de fiesta, enviarme la niña... Y ya que me la envía... ¡caramba!, no la he soltado, ¿sabes? Está en mi poder... La reconoceremos, arreglaremos lo legal. Que no le quede á esa ningún derecho...

Al aflojarse el nuevo abrazo de los esposos, Revenga imploró:

—¡Tráemela!... No la conozco todavía...

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