—¡Allá voy, allá voy, señora Baltasara!...

—Entre...—murmuró la vieja.—Si está desocupado nos va á armar el Nacimiento, porque han venío los chicos, y mi ama, como está con ellos que se le cae la baba pura...

—Voy por la herramienta—contestó el carpintero pálido de alegría.

—No hace falta... Martillo y tenazas hay aquí, y clavos quedaron del año pasao; como yo lo guardo todo, bien apañaditos los guardé...

José entró en el piso invadido por los chiquillos y en el aposento donde yacían desparramadas las figuras del belén y las tablas del armadijo en que había de descansar. Entre la algazara empezó el carpintero á disponer su labor. ¡Con qué gozo esgrimía el martillo, escogía la punta, la hincaba en la madera, la remachaba! ¡Qué renovación de su sér, qué bríos y qué fuerzas morales le entraban al empuñar, después de tanto tiempo, los útiles del trabajo! Pedazo á pedazo, y tabla tras tabla, iba sentando y ajustando las piezas de la plataforma en que el belén debía lucir sus torrecillas de cartón pintado, sus praderas de musgo, sus figuras de barro toscas é ingenuas. Los niños seguían con interés la obra del carpintero, no perdían martillazo, preguntaban, daban parecer, y coreaban con palmadas y chillidos cada adelanto del armatoste. La señora, entretanto, colgaba en la pared unas agrupaciones de bronce y vidrio para colocar en ellas bujías. Los criados iban y venían, atareados y contentos. Fuera nevaba, pero nadie se acordaba de eso; la nieve, que aumenta los padecimientos de la miseria, también aumenta la grata sensación del bienestar íntimo, del hogar abrigado y dulce. Y José asentaba, clavaba la madera, hasta terminar su obra rápidamente, en una especie de transporte, reacción del abatimiento que momentos antes le ponía al borde de la desesperación total...

Cuando el tablado estuvo enteramente listo, y José hubo dado alrededor de él esa última vuelta del artífice que repasa la labor, doña Amparo, muy acabadita y asmática, le hizo seña de que la siguiese, y le llevó á su gabinete, donde le dejó solo un momento. Los ojos de José se fijaron involuntariamente en los muebles y decorado de aquella habitación ni lujosa ni mezquina, y sobre todo, le atrajo desde el primer momento una imagen que campeaba sobre la consola, alumbrada por una lamparilla de fino cristal. Era un San José de talla, escultura moderna, sin mérito, aunque no desprovista de cierto sentimiento; y el santo, en vez de hallarse representado con el Niño en brazos ó de la mano, según suele, estaba al pie de un banco de carpintero, manejando la azuela y enseñando al Jesusín, atento y sonriente, la ley del trabajo, la suprema ley del mundo. José se quedó absorto. Creía que la imagen le hablaba; creía que pronunciaba frases de consuelo y de cariño infinito, frases no oídas jamás. Cuando la señora volvió y le deslizó dos duros en la mano, el carpintero, en vez de dar gracias, miró primero á su bienhechora y después á la imagen; y á la elocuencia muda de sus ojos respondió la de los ojos de la viejecita, que leyó como en un libro en el alma de aquel desventurado, deshecho física y moralmente por un mes de ansiedad y amargura sin nombre.—Y doña Amparo, muy acostumbrada á socorrer pobres, sintió como un golpe en el corazón: la necesidad que iba á buscar fuera de casa, visitando zaquizamíes, la tenía allí, á dos pasos, callada y vergonzante, pero urgente y completa. Alzó los ojos de nuevo hacia la efigie del laborioso Patriarca, y bondadosamente, tosiqueando, dijo al carpintero:

«Ahora subirán de aquí cena á su casa de usted, para que celebren la Navidad.»

EL CIEGO

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La tarde del 24 de Diciembre le sorprendió en despoblado, á caballo, y con anuncios de tormenta. Era la hora en que, en invierno, de repente se apaga la claridad del día, como si fuese de lámpara y alguien diese vuelta á la llave sin transición, las tinieblas descendieron borrando los términos del paisaje acaso apacible á medio día, pero en aquel momento tétrico y desolado.