Entra por fin en la Basílica; cruza las naves, desciende la escalera dorada que conduce á la cripta, y mientras á sus espaldas la guardia brega para reprimir el empuje del torrente humano que pugna por arrimarse á la balaustrada, en el recinto descubierto, más bajo que la multitud, el Papa queda solo. Artista por instinto; con el andar rítmico de las grandes solemnidades; con un sentimiento de la actitud que sólo él posee en grado tal,—Pío IX se acerca á la cuna, junta las manos de marfil, eleva al cielo un instante los ojos como si invocase la presencia de Dios; se arrodilla, se abisma, y los paños de su cándida vestidura se esparcen esculturales y clásicos cual los plegados de alabastro de un ropaje de Canova.

El Niño, el Bambino, duerme desnudito, color de rosa, reclinado en su rubio colchón de sedeña paja. En toda la Basílica no se escucha más ruido que el chisporroteo suave de los cirios y el murmullo de la oración que el Papa empieza á elevar.—A las primeras palabras, anímase el Niño con vida fantástica: la escultura se hace carne. Sus ojos se entreabren, sus puñitos se tienden hacia el Papa, como se tenderían hacia un abuelo cariñoso, haciendo fiestas. Incorporado y sentado en la paja, llama al Pontífice, que sigue orando, pero que cree percibir en sus rodillas la sensación de que ya no reposan en los cojines de terciopelo carmesí, en sus codos algo que los sube y aparta del esculpido reclinatorio. Ligero y como fluído, su cuerpo no le pesa; flota apaciblemente en una atmósfera de oro y luz, hecha de las partículas de los cirios que se derraman ardientes y centelleantes.—La cuna ha desaparecido; el Niño está de pie, alto, crecido ya, convertido en adolescente; y en vez de la gracia infantil, en su cara se lee la meditación, se descubre la sombra del pensamiento. Alrededor del Jesús de quince años van juntándose, saliendo de las paredes de la cripta, que parece trasudarlos, docenas de chiquillos, otros Bambinos, pero feos, encanijados, sucios, envueltos en andrajos ó desnudos, mostrando la enteca anatomía. Docenas primero; cientos después; luego millares, millones, un hervidero tan incontable, un ejército tan infinito, que estallan las paredes de la cripta, las de la Basílica, las de Roma, las de todo cuanto pretendiese contener la expansión de la horda de miserables. Extiéndese por una llanura sin límites, y su bullir de gusanera rodea al Gesú, que ha ido insensiblemente transformándose en hombre hecho y derecho: ya tiene barba ahorquillada y rizoso cabello castaño, ya su rostro ha adquirido la gravedad viril. Y siguen acudiendo desharrapados y con las carnes al aire, lisiados, enfermos, famélicos, tristes, venidos de todos los puntos del horizonte, de todos los confines de la tierra. Lloran de hambre; tiemblan de frío; gimen de abandono; enseñan sus lacras; se cogen á la vestidura inconsutil de Cristo; se quieren abrigar bajo sus pies, reclinarse en su seno, agarrarse á sus manos pálidas y luminosas. Huelen mal, y su punzante vaho de miseria envuelve y sofoca al Papa, siempre en oración.

La figura de Cristo se oculta un instante; densas tinieblas suben de la tierra y caen del firmamento, reuniendo sus crespones. El Pontífice siente miedo: la oscuridad le ciega, y entre aquella oscuridad vibran maldiciones y palpitan sollozos. Un relámpago brilla; erguida en una colina aparece la Cruz, sobre la cual blanquea el desnudo cuerpo del Mártir, estriado de verdugones por los azotes y veteado de negra sangre. Los labios cárdenos se agitan; el Papa interrumpe la plegaria, se confunde, se deshace en adoración, quiere salir de sí mismo para mejor escuchar y beber la palabra divina; y el Crucificado—señalando con mirada ya turbia hacia el océano de criaturas que bullen allá abajo, escuálidas, transidas, gimientes, dolorosas, maltratadas, ofendidas, en el abandono—dice al Papa, en voz que resuena urbi et orbi:

—Por ellos.

LA TENTACIÓN DE SOR MARÍA

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Siguiendo costumbre tradicional del convento, las monjitas de la Santísima Sangre preparan, adornan y ofrecen á la adoración de los fieles, en el altar mayor, á la hora en que se celebra la misa del Gallo, el Misterio del pesebre y gruta de Belén, donde puede admirarse la efigie del Niño Dios, obra maravillosa de un escultor anónimo.

Más que inerte imagen de madera, criatura viva parece el Niño de las monjas. La encantadora desnudez de su torso presenta el modelado blando y sólido de la carne. Mollas regordetas en cuello, piernas y brazos; hoyuelos de rosa en carrillos, codos y rodillas; picardía angelical en la expresión de los ojos y en la cándida risa; naturalidad sorprendente en la actitud, que se diría de tender las manos al pecho maternal... así es el Niño, y por eso las monjitas, cada vez que le visten y enfajan, cada vez que le reclinan en la paja y el heno aromático de la humilde cuna, exclaman enternecidas y embelesadas: «¡Ay mi divino Señor! ¡Pero si es un pequeñito de veras!»