Abreviando detalles de los años que allí residieron en paz, diré que la sublevación al pronto no les asustó; creían inofensivos á aquellos adormilados y obedientes indígenas, y les parecía seguro reducirles, con sólo alzar la voz en lengua castellana, á la sumisión y al inveterado respeto. Disipóse su error al cercar el poblado hordas diabólicamente feroces, que lanzaban gritos horrendos y esgrimían el bolo y el campilán. Defendióse con valor de guerrillero el fraile párroco, refugiado en la iglesia, realizando proezas que no pasarán á la historia; ayudóle como pudo el empleado: cedieron al número; quedó el fraile acuchillado allí mismo; al empleado le cogieron vivo, y á su hermana la llevaron arrastra á una choza donde el vencedor cabecilla tagalo—poco importa su nombre—tenía su cuartel general. La española se arrojó á sus pies llorando, implorando el perdón del hermano con acentos desgarradores. La cara amarillenta del cabecilla no se alteró: expresaba la frialdad inerte de la raza, y se creería que era de madera de boj, á no brillar en ella la chispa de los oblicuos ojuelos de azabache. En el semblante impasible leyó la señorita, enloquecida de horror, la sentencia del hermano adorado; y besando los pies del cabecilla, le ofreció «su sangre por la de él». «Se admite», contestó de pronto el amarillo. «La sangre de él no correrrá. Que sangren a ésta.»

La sangría—estremece decirlo—duró... una semana.—Cada mañanita, en una escudilla de coco, recogían la sangre de la desdichada, que caía después al suelo en mortal desmayo. Desde el quinto día, la debilidad la produjo una especie de delirio; creíase á bordo del barco que la conducía á España, libre y feliz, al lado de su hermano; escuchaba el ruido del mar, batiendo los costados del buque, y notaba—efectos del vértigo—el ir y venir de las olas, el balance y cuchareo de la embarcación, el soplo del viento, la humareda que la chimenea lanzaba. Tan pronto su alucinación la mostraba una bandada de tiburones, como un asalto de piraguas llenas de indígenas; ya exhalaba chillidos porque ardía el barco, ya oía silbar las balas de los cañones y veía que el gran trasatlántico, partido en dos, hundíase en el abismo. Al amanecer del octavo día—último de su suplicio según le habían anunciado—cuando ya la vena del brazo, exhausta, sólo gota á gota soltaba su jugo, y el corazón desfallecía próximo al colapso mortal—en un momento lúcido, ó acaso de fiebre, se le apareció España, sus costas, su tierra amada, clemente; y creyendo besarla, pegó la boca al suelo de la cabaña, donde yacía sobre petates viejos, medio desnuda, agonizando, devorada por sed horrible, clamor de las secas venas sin jugo...

La misma tarde cerró sobre el poblado una columna de infantería española é indígena, poniendo en fuga á los insurrectos y libertando á los prisioneros y heridos. Atendieron á la infeliz, reanimándola un poco á fuerza de cuidados. Lo primero que pidió la exangüe fue á su hermano; quisieron ocultarle la verdad, pero la adivinó: el castila colgaba de un árbol corpulento... El cabecilla había cumplido su palabra, no sacándole gota de sangre de las venas...

Entre los que escuchaban á Sánchez del Abrojo siempre, contábase el pintor modernista Blanco Espino, á caza de asuntos simbólicos... Batió palmas con entusiasmo.

—Voy á hacer un estudio de la cabeza de esa señora. La rodeo de claveles rojos y amarillos, la doy un fondo de incendio... escribo debajo «La exangüe...», y así salimos de la sempiterna matrona con el inevitable león, que representa á España!

LA ARMADURA

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No se hablaba más que de aquel baile, un acontecimiento de la vida social madrileña. La antojadiza y fastuosa señora de Cardona había exigido que no sólo la juventud, sino la gente machucha; no sólo las damas, sino los caballeros, todas y todos, en fin, asistiesen de traje. «No hay—repetía Mad. Insausti—más excepción que el Nuncio... y eso porque va de traje siempre.»

Prohibido salir del apuro con habilidades, como narices, girasoles eléctricos en el ojal, pelucas ó trajes de colores. Obligatorio el traje completo, característico, histórico ó legendario.

Se murmuró, naturalmente, de la Cardona (con los sayos que la cortaron podrían vestirse los concurrentes á la fiesta); se la puso un nuevo apodo: Villaverde... Pero, entre dentellada y dentellada, la gente consultó grabados y figurines, visitó museos, escribió á París, volvió locos á sastres y modistas... y las caras más largas no fueron debidas á la sangría del bolsillo, sino á omisiones en la lista de invitados.