No puedo describir el efecto que me causó aquel precio de mercado, aquella tasa de caballo ó de res vacuna, arrojada á la faz de un racional, de un sér humano; pero describiré el que causó en el negro, que había oído perfectamente. Palideció poniéndose verdoso—es como palidecen ellos;—la blancura de sus ojos giró, y levantándose de un brinco de tigre, quitóse un guante y lo proyectó contra la mejilla del norteamericano. Éste esquivó el choque ladeando la cabeza; sin perder su flema, asió las tenacillas del azúcar y con ellas cogió el guante, sobre la mesa caído; llamó al mozo, y ordenó chapurreando más que de costumbre:
—¡Se lleve usted pronto esto porquería!
El negro permanecía de pie, lívido, cruzado de brazos, desafiando. Por un instante temí que iba á precipitarse hacia nosotros. Su corpachón gigantesco retemblaba de coraje; sus dientes castañeteaban de ira. Sin embargo, se contuvo, abrió los brazos, volvióse de espaldas, y yo, advirtiendo que en el café la gente, alborotada, se arremolinaba ya esperando alguna bronca, pagué el consumo y logré sacar al yanqui afuera. Al verse en la calle, dijo seca y acerbamente:
—¡Qué cosas pasan aquí! ¡Me echar el guante un esclavo!
Respondíle enojado que ya no hay esclavos, y creo que saqué á relucir en mi perorata el San Benito negro y las ideas de fraternidad. Debí de predicar en desierto, porque al dejar á don Ricardo á la puerta de su fonda, todavía repitió, pegándome familiarmente en el hombro (me había cobrado afecto á su manera):
—¡Un esclavo! ¡By God!
Cuando me alejaba de allí, iba asaz preocupado. Juraría que alguien nos había seguido á distancia, paso á paso, desde la Plaza Mayor hasta la calle del Caballero de Gracia, á tales horas poco concurrida. Miré en derredor, escruté las bocacalles, pero á nadie ví. Rumiando el incidente, me retiré, y los siguientes días rehuí acompañar á don Ricardo. La curiosidad me movió á averiguar quién era el gigantesco negro, y supe que procedía de las Antillas, que ejercía las altas funciones de jefe en las cocheras del duque de S..., y que por su habilidad y maestría se ganaba un pingüe sueldo.
Y ya llegamos al desenlace de esta aventura, más dramático de lo que usted supone... Una semana después del episodio del cafetucho, leía yo en la peluquería un periódico, y á poco me degüella el barbero; tal respingo dí al tropezar con la noticia de que en una callejuela sospechosa de los barrios bajos, no lejos del consabido cafetucho, había sido encontrado el cadáver de un extranjero, cuyas iniciales, R. S., no me permitieron dudar de quién se trataba. El periódico traía más detalles: la muerte había sido causada por dos cuchilladas tremendas, y en los bolsillos del muerto estaban la cartera repleta y el soberbio reloj, signo evidente de que el crimen obedecía á una venganza...
Hacer luz... era bastante difícil, como yo no cantase... Y no canté. ¡No me atreví á echar el peso de mis palabras en la balanza terrible! ¿Hice mal? ¡Mi instinto me dictaba que guardase silencio!... Y siempre que pienso en esta página de mi vida moral, para tranquilizarme, para recobrar la paz, miro esa efigie del Santo de la cara obscura...