—¿Soy yo una mujer superior, según eso?

—Vamos, como si te sorprendiese. Tus cualidades...

—¡Pch! mi primer cualidad, será mi dinero...

—¡Tu dinero, tu dinero! No eres la única muchacha rica, criatura. Sin salir de la misma Rioja, hubiese yo encontrado para Agustín buenos partidos. El dinero es cosa muy necesaria, es el cimiento; pero hacen falta las paredes. ¡Y, además, Lina querida, tu dinero está en el aire! No lo olvides. Si Agustín no lo arregla, cuando menos lo pienses... Tienes mal enemigo. D. Juan Clímaco está muy ducho en picardihuelas y pleitos... Piénsalo, niña.

—Tráigame usted á D. Agustín Almonte cuando guste.

Carranza clavó en mí sus ojos sagaces, reposados, de confesor práctico. Me registró el alma.

—¿Qué es eso de «tráigame usted»?—bromeó.—¿Es algún fardo? Es un novio como no lo has podido soñar. Quiera Dios que le gustes; porque, criatura, nadie es doblón de á ocho. Si le gustas (él á ti te gustará, por fuerza, y te barrerá del pensamiento esas telarañas románticas de la repugnancia á lo natural, á lo que Dios mismo instituyó)... entonces... supongo que no pensaréis que os eche las bendiciones nadie más que este pobre canónigo arrinconado y escritor sin fama...

—Sólo que—objeté—siendo los novios tan altos personajes como usted dice, parece natural que los case un Obispo...

Un gesto y una risada completaron la indicación. Carranza me dió palmadicas en la mano.

—Por algo le dije yo á Agustín que tú vales un imperio...