—Tú quisite venir sola. Venir sola, no es tanto como está sola tóa la tarde. Si estorbo...
—No estorbas. Siéntate en ese poyo, y no hables.
Obedece con graciosa y festiva sumisión. El imán de sus negras miradas, al fin, me atrae. Aparto la vista del paisaje y la poso en él.
—¿Sabes lo que pienso?
—¡Qué má quisiera!
—Me gustaría que estuvieses vestido de moro.
—¡Cosa má fásil! Aquí alquilan lo trahe; y tú puede vestirte de reina mora también, y nos hasen la fotografía. Verá qué pareja. Saide y Saida...
—He dicho mal—rectifico.—Lo que quisiera no sería que te vistieses de máscara, sino que fueses moro hecho y derecho.
—Pué, niña, moro soy. Moro bautisado, pero moro, créeme, hata el alma. Me guta lo que gutó á lo moro: flore, mujere, cabayos. Los que andan de mácara son lo granadino como mi señó hermano Estebaniyo, que me gata uno trahe á cuadro que parten el corasón, y se atisa á la sei un yerbajo caliente porque lo hasen así en Londre á la sinco. ¡Por vía de Londre! Ahora les ha entrao ese flato á lo andaluse... Nena, nosotro no hemo nasío para eso. Yo me quise educá aquí, y no soy un sabio é Gresia, pero lo señorito como Estebaniyo aún son má bruto. Aqueya tierra donde lo novio van del braso y no se ven la cara por causa é la niebla... hasle tú fú, como el gato al perro. La vía es corta, hechiso.... y el que tiene á Graná... ¿pa qué quiere otra cosa?
Las palabras coincidian de tal modo con mi impresión, que mi cara lo descubrió.