—Ve por la botella, anda, no me enfades... Á las ocho entran las chiquillas, y aún tengo la enagua por planchar... Hazle el chocolate á Minguitos; más te valiera no tenerlo muerto de hambre... Y dale bizcocho.

—Daré, daré... ¡Pues si yo no le diese al infeliz!... refunfuñaba la criada, que al nombre de Minguitos, sentía crecer su enojo. Se oía en la cocina el furioso porrazo administrado á la chocolatera para sentarla sobre el fuego y el airado voltear del molinillo en el remolino espumoso del chocolate. Flores entraba en el cuarto del contrahecho, que aún no había abandonado las sábanas, y le tomaba las manos.

—Tienes calor, rapaz... Aquí viene el chocolatito, ¿eh?

—¿Me lo da mamá?

—Te lo daré yo.

—Y mamá, ¿qué hace?

—Almidonando unas enaguas.

Clavaba el jorobadito los ojos en Flores, alzando trabajosamente la cabeza de entre el arco doble del pecho y la espalda. Eran aquellos ojos profundos, con mucha niña: la boca, de mandíbulas salientes, tenía una crispación sardónica y una pálida sonrisa. Echaba los brazos al cuello de Flores, y pegando los labios á su oído:

—¿Vino el otro ayer? preguntábale.

—Sí, hombre, sí.