—Vaya, ahora arriba, arriba, á descansar, á tomar algo...

Por fin el remolino se aquietó subiendo á la botica el personaje, y tras él García, Genday, el alcalde y Segundo.

En la salita de Agonde tomaron asiento, dejando respetuosamente á D. Victoriano el sofá de reps grosella, y formando en torno suyo un semicírculo de sillas y butacas. Á poco rato aparecieron las señoras, ya sin sombrero, y entonces pudo verse que la de Comba era linda y fresca, pareciendo, más que madre, hermana mayor de la niña. Esta, con su copiosa mata de pelo tendida por la espalda, su seriedad de mujercita precoz, tenía aspecto triste, de arbolillo ético; mientras su mamá, rubia risueña, ostentaba gran lozanía. Hablóse del viaje, de las feraces orillas del Avieiro, del tiempo, del camino; la conversación enfriaba, cuando entró oportunamente la hermana de Agonde, precediendo al ama del cura, cargada con dos enormes bandejas donde humeaban jícaras de chocolate, pues de cena no entendían los huéspedes. Con depositarlo sobre el velador, servirlo, repartirlo, se animó la reunión. Los vilamortanos, encontrando asunto adecuado á sus facultades oratorias, empezaron á instar á los forasteros, á encomiar las excelencias de los manjares, y, llamando por su nombre de pila á la señora de Comba y agregando un cariñoso diminutivo al de la niña, se deshicieron en exclamaciones y preguntas.

—Nieves, ¿está el chocolate á su gusto?

—¿Acostumbra tomarlo claro ó espeso?

—Nieves, este pellizco de bizcocho maimón por mí: es una cosa superior, que sólo acá sabemos hacer.

—Victoriniña, vamos, á perder la vergüenza: esta manteca fresca sabe mucho con el pan caliente.

—¿Un pedacito de esponjado tostado? ¡Ajajá! De esto no hay por Madrid, ¿eh?

—No, contestaba la voz clarita y remilgada de la niña... En Madrid tomábamos con el chocolate buñuelos y churros.

—Aquí no se estilan buñuelos, sino bizcochitos... De esto de encima, de lo dorado... Eso no es nada: un pajarito lo pica...