Allá detrás del pinar, el sol poniente extendía una zona de fuego, sobre la cual se destacaban, semejantes á columnas de bronce, los troncos de los pinos. El sendero era barrancoso, dando señales de haber sido devastado por las arroyadas del invierno; á trechos lo hacían menos practicable piedras sueltas, que parecían muelas fuera de sus alveolos. La tristeza del crepúsculo comenzaba á velar el paisaje: poco á poco fué apagándose la incandescencia del ocaso, y la luna, blanca y redonda, ascendió por el cielo, donde ya el lucero resplandecía. Se oyó distintamente el melancólico diptongo del sapo, un soplo de aire fresco estremeció las hierbas agostadas y los polvorientos zarzales que crecían al borde del camino; los troncos del pinar se ennegrecieron más, resaltando á manera de barras de tinta sobre la claridad verdosa del horizonte.

Un hombre bajaba por la senda, muy despacio, como proponiéndose gozar la poesía y recogimiento del sitio y hora. Se apoyaba en un bastón recio, y según permitía ver la poca luz difusa, era joven y no mal parecido. Á cada paso se detenía, mirando á derecha é izquierda, lo mismo que si buscase y pretendiese localizar un punto fijado de antemano. Al fin se paró, orientándose. Atrás dejaba un monte poblado de castaños; á su izquierda tenía el pinar; á su derecha una iglesia baja, con mísero campanario; enfrente, las primeras casuchas del pueblo. Retrogradó diez pasos, se colocó cara al atrio de la iglesia, mirando á sus tapias, y seguro ya de la posición, elevó las manos á la altura de la boca para formar un embudo fónico, y gritó con voz plateada y juvenil:

—Eco, hablemos.

Del ángulo de las murallas brotó al punto otra voz, más honda é inarticulada, misteriosamente sonora y grave, que repitió con énfasis, engarzando la respuesta en la pregunta y dilatando la última sílaba:

—¡Hablemoooós!

—¿Estás contento?

—¡Contentoooó! repuso el eco.

—¿Quién soy yo?

—¡Soy yoooó!