—¡Jesús... qué miedo tan estúpido... me he lucido... estoy á la altura de las chicas! Es que el dichoso charco impone... Diga V.: ¿cómo no han sacado vistas de él? Es muy raro y muy pintoresco.
Regresaban por la carretera, después de anochecido, y como si Nieves pretendiese borrar la impresión de su chiquillada, venía alegre y cariñosa con Segundo; dos ó tres veces se tropezaron sus ojos, y, sin duda por distracción, no los apartó. Hablaron de la expedición del día siguiente: había de ser por las orillas del río, más alegres que el lago; un punto de vista admirable y no fatídico, como la charca.
En efecto, el camino que siguieron al otro día era muy lindo, aunque difícil, por lo espeso de los mimbrales y cañaverales, y lo enmarañado de los abedules y álamos nuevos que estorbaban á veces el paso. Á cada momento tenía Segundo que dar la mano á Nieves y desviar las ramas frescas y flexibles que le azotaban el rostro. Por más precauciones que tomó, no pudo evitar que se humedeciese los pies, ni que se dejase girones del encaje de su pamela en un álamo. Se detuvieron allí donde el río, dividiéndose, formaba en medio una isleta poblada de espadañas y de sencillos gladiolos. Un arroyo, bajando del monte, venía á perderse en el Avieiro, humilde y callado. Crecían á sus orillas dentados y variadísimos helechos, y graciosa flora acuática. Segundo se arrodilló en el encharcado suelo y empezó á registrar entre las plantas.
—Tome V., Nieves.
Ella se acercó, y él, con una rodilla en tierra, le entregó un manojo de flores azules, de un azul pálido de turquesa, con tronco delgadísimo; flores que ella sólo había visto contrahechas, en adornos de sombreros, y cuya existencia le parecía un mito: flores soñadas, que se figuraba no crecerían sino en los bordes del Rhín, allá donde suceden todas las cosas novelescas; flores que se conocen con un nombre tan bonito: no me olvides.
XII
Era Nieves lo que suele llamarse una señora cabal, sin una página turbia en su historia, sin un pensamiento de infidelidad á su marido, sin más coquetería que la del vestido y tocado, y aun esa, libre de afeites ó desaliños tentadores, limitada á complacencias serviles con la moda. Su ideal, caso de tener alguno, se cifraba en una vida cómoda, elegante, rodeada de consideración social. Se había casado muy joven, dotándola D. Victoriano en algunos miles de duros, y el día de la boda, su padre la llamó á su despacho de magistrado, y teniéndola de pie como á los reos, le encargó mucho que respetase y obedeciese al esposo que tomaba. Ella obedeció y respetó.