Era su marido, más que nunca amarillo, ó mejor dicho, color bazo, con las huellas del padecimiento escritas en el rostro... Á Nieves le dió un vuelco la sangre. ¿Sabría algo D. Victoriano? No tardó en tranquilizarse oyéndole hablar, con despecho mal reprimido, del fracaso del globo y del descaro de los romeristas. El ministro necesitaba desahogar su contrariedad quejándose del dolorcillo del alfilerazo.

—Pero has visto, hija... ¿qué te parece?...

Lamentóse después del continuo ruido de la feria, que no le había consentido pegar los ojos. Nieves convino en que era cosa molestísima: también ella se encontraba desvelada. El ministro abrió la ventana y el ruido subió, más estruendoso y alto. Asemejábase á un gran coral ó sinfonía compuesta de voces humanas, relinchos de bestias, gruñidos de cerdos, mugidos de vacas, terneros y bueyes, pregones, riñas, cantares, blasfemias y sonidos de instrumentos músicos. La marejada de la feria cubría á Vilamorta.

Desde la ventana se veían las olas, un bullir de hombres y animales entreverados, embutidos por decirlo así los unos en los otros. Entre la masa de aldeanos se abría camino frecuentemente un rebaño de seis ú ocho becerros, asustados, en dramática actitud; una mula llevada del diestro formaba corro, disparando un semicírculo de coces; oíanse chillidos y ayes de dolor, pero los de atrás empujaban y el hueco volvía á llenarse; un jaco, excitado por la proximidad de las yeguas, se encabritaba exhalando desesperados relinchos, caía al fin, y mordía, hidrófobo de celo, lo primero que encontraba. Los mercaderes de hongos de fieltro hacían muy rara figura, paseando su mercancía toda sobre la cabeza: una torre de veinte ó treinta sombrerones, semejante á las pagodas chinas. Otros traficantes vendían, en un mostrador portátil colgado del pescuezo por dos cintas, ovillos de hilo, balduque, dedales y tijeras; los vendedores de ruecas y husos los llevaban alrededor de la cintura, del pecho, por todas partes, como el inhábil nadador lleva las vejigas; y los sarteneros relucían al sol, á modo de combatientes feudales.

Mareaba la confusión, el vaivén no interrumpido de la muchedumbre, la mescolanza de racionales y bestias, y era fatigoso el doliente mugir de las vacas apaleadas, el chillido de terror de las mujeres, la brutal hilaridad de los borrachos, que salían de las tabernas con el sombrero echado atrás, la lengua estropajosa, y muy deseosos de expansión y aire, de arremeter contra los hombres y pellizcar á las mozas. Estas, afligidas, levantaban el grito, no logrando esquivar el abrazo de los borrachos sino para caer en las astas de algún buey, ó recibir la hocicada de alguna mula, que les bañaba sienes y frente en espumosa baba. Y lo más aterrador era ver á unas cuantas criaturas de pecho, llevadas en alto por sus madres, bogando como endebles esquifes en tan irritado golfo.

Cosa de media hora estuvo Nieves asomada, hasta que se le cansaron ojos y oídos, y se retiró. Á la tardecita se puso otro rato á la ventana. Se había aplacado un poco el tráfago comercial, y el señorío del Borde empezaba á concurrir á la feria. Agonde, á quien en todo el día no se le había visto el pelo, porque le absorbía la desesperada timba que funcionaba en la trastienda, subió entonces un rato, y limpiándose el sudor copioso, explicaba á Nieves las notabilidades conforme iban apareciendo, nombrándole los arciprestes, los párrocos, los médicos, los señoritos...

—Aquel flaco, flaco, que trae un matalón pasado por tamiz, y adornos de plata en la montura, y espuelas también de plata... es el señorito de Limioso... una casa, Dios nos libre, de la pierna del Cid... El Pazo de Limioso está á la parte de Cebre... Lo que es tener, no tienen un ochavo, rentitas de centeno y cuatro viñas que ya no dan uva... ¿Pero V. piensa que el señorito de Limioso entrará á comer en alguna posada? No señora: traerá en el bolsillo su pan y queso... y dormirá... ¿qué se yo dónde? Como es carlista, en la trastienda de doña Eufrasia le dejarán echarse sobre la silla del penco, porque un día como hoy no sobran colchones... Si al espolista que lleva le abulta tanto la faja, es que de seguro viene ahí el pienso del jaco...

—Usted exagera, Agonde.

—¿Exagerar? Sí, sí... V. no tiene idea de lo que son estos señoritos. Aquí les llaman de siete en bestia, porque suelen traer para siete un solo caballo, que van montando por turno dos á dos; y un poco antes del pueblo se detienen para entrar á caballo uno á uno, muy armados de látigo y espuelas, y el jaco pasa siete veces con siete jinetes distintos... Pues mire V. quién viene allí en una borrica y una mula... ¡Las señoritas de Loiro! Son amigas de las de Molende... Repare V. el lío que traen delante: es el vestido para el baile de hoy.

—¿Pero es de veras?