—Verás... Le sobra razón á Roberto Blánquez, que me lo aconseja desde Madrid... Ya sabes que ahora Roberto está allá, empleado... Dice que las obras impresas en provincias no las lee nadie; que él ha visto el desprecio con que se miran allí las que traen pie de imprenta de fuera de la corte... Que además aquí tardan un siglo en imprimir un tomo, y salen plagados de erratas, y con una forma tan fea... En fin, que no gustan... Y para eso...
—Pues á Madrid con el libro; ¿qué importa?
—Chica... Roberto me asusta con los precios de las ediciones... Parece que la broma cuesta un ojo de la cara... No hay editor que compre versos, ni siquiera que vaya á medias con el autor...
No contestó Leocadia, limitándose á sonreír. Tenía la salita aspecto de íntimo bienestar: aunque el invierno había despojado de sus encantos al balcón, poniendo amarillas las albahacas y mustios los claveles, allí dentro el gorgoteo de la cafetera, el vaho alcohólico del ponche, la quietud, el solícito cariño de la maestra, todo parecía templar y suavizar el ambiente. Segundo sentía apoderarse de su cuerpo un sopor grato.
—¿Me das una manta de tu cama? dijo á la maestra. Hoy en mi casa no hay medio de descansar, mujer... Yo reposaría un poco aquí en este sofá.
—Tendrás frío.
—Estaré en la gloria. Anda.
Leocadia salió y volvió arrastrando con gran esfuerzo un objeto pesado, enorme: un colchón. Después trajo la manta; luego, fundas. Total, una cama de veras. Para lo que faltaba, las sábanas no más... ¡Bah! También las trajo.