Aquella noche no durmió Gastón; literalmente no concilió el sueño cinco minutos; y sin embargo, una especie de fiebre le causó raras alucinaciones. Cerrando los ojos se representó á la Comendadora con sus hábitos y á don Martín, con su casaca y su calzón corto, que armados de antorchas le alumbraban por las vueltas y recovecos de medroso subterráneo... Al amanecer, ya estaba pidiendo á Telma un ligero desayuno, provisión de fiambres y las herramientas de los albañiles, que éstos solían dejar en un cesto de esparto, por no llevarlas y traerlas todos los días; además se surtió de una azada, una pala y de un «guadaño» para segar la maleza. Encargó á Telma el sigilo y que diese á los albañiles dinero en pago de sus herramientas, que supondrían perdidas, y con paso ágil, bajó como la víspera, sin que esta vez las asperezas y escabrosidades del sendero le pareciesen tantas; ó por decir toda la verdad, sin que su enajenamiento le diese lugar á reparar en ellas. Descendía como desciende la piedra, por su propio impulso y sin percibir los obstáculos que la podrían detener. En media hora recorrió el trayecto que el día anterior les había costado á Miguelito y á él, adoptando mil precauciones, cerca de una.—Al verse ante la boca de la cueva, detúvose y reflexionó.
¿Á dónde podía conducir la mina? Sin duda á las fundaciones de la torre, en que Gastón, «guiado por el Norte,» esperaba encontrar el tesoro. Mas Gastón recordaba que debajo de la torre había realizado un registro inútil, hallando una especie de mazmorra subterránea, en que ni las paredes sonaban á hueco, ni se veían rastros de comunicación, puerta, escalera, ni argolla alguna. ¿Iría la mina á perderse en el seno de la montaña? ¿Sería mina siquiera?
Con una especie de rabia, con fuerzas que centuplicaba la ardiente curiosidad, Gastón puso manos á la obra. Empezó por cortar y raer la maleza, descubriendo el orificio de la cueva; y después, con ayuda de la pala, desobstruyéndolo de la tierra que se hacinaba ante él. De vez en cuando miraba en derredor, por si le observaba alguien. El sitio estaba completamente solitario.
Temía el señorito de Landrey encontrar piedras que sus fuerzas no alcanzasen á remover, y vió con júbilo que era tierra endurecida, mezclada al grijo del lecho del río, lo único que dificultaba á un hombre la entrada en la gruta. Esta convicción le animó, y pronto consiguió despejar la boca, y descubrir un conducto que, en vez de bajar, subía en ángulo. Encendiendo su linterna, y aferrando la piqueta, Gastón ascendió por el conducto; sus rodillas tropezaban en las desigualdades de la mina—ya no podía dudar que lo era—y una alimaña pasó rozando con sus piernas, en fuga loca, sin que pudiese distinguir si era el bicho algún tejón ó sólo una gruesa rata. Notó luego que se ensanchaba la mina y mostrábase cada vez más suave su declive, y no avanzó sino examinando las paredes, que nada ofrecían de particular: parecían de barro, y las impregnaba una humedad ligera. No había ni rastro de esa vegetación fungosa que algunas cuevas poseen: y á medida que Gastón adelantaba, el ambiente se hacía más seco. Como quince minutos habría caminado Gastón, cuando de pronto la cueva cesó: una pared de arcilla la terminaba.
Si la tal pared se hubiese desplomado sobre él, no sentiría impresión más fuerte y abrumadora. Quedóse de hielo, abierta la boca, dilatados los ojos. Al fin, procurando rehacerse, paseó la linterna por la pared de alto á bajo. Su corazón saltó impetuoso; el barro, resquebrajado á trechos, cubría un muro de piedra.
Dejó la linterna en el suelo y atacó el muro, con la piqueta, mostrando un vigor digno de un demoledor profesional. Era el muro recio, pero no como de sillería, ni siquiera de cantos muy gruesos; á pocas embestidas comenzó á desmoronarse, y metiendo por el hueco la linterna, Gastón vió una especie de sala redonda, parecidísima á la que conocía, y esto le hizo temblar. ¿Si estaría echando abajo una pared para encentrarse, burlado y desesperado, al pie de la torre de la Reina mora, en el sitio donde ya le constaba que no existía rastro de tesoro? Tal idea le hizo desmayar, y se sentó sobre los escombros. Recordó entonces que tenía en el bolsillo carne fiambre y un frasco de vino generoso; reparó sus fuerzas con bocado y trago, y sin más, arremetió otra vez contra el muro. Cayeron los escombros; fué la abertura capaz de dejar poso al cuerpo de Gastón, y se enjaretó por ella con esfuerzo, saltando linterna en mano dentro de una mazmorra circular, toda revestida de piedra, sin escalera ni acceso á ninguna parte... ¡No era la ya conocida! ¡Era otra, situada, de fijo, bajo las fundaciones de la torre! En el techo, enorme argolla emporlonada en una losa; en el suelo, nada, la tierra; y en la pared ¡cielo santo! una especie de hornacina tapiada con cal... El escondrijo.