Al entrar Antonia sola en la habitación del enfermo, se incorporó en la cama el señorito de Landrey; tendió la mano abrasada al encuentro de otra mano fresca y trémula, y mirando á su amiga, á su futura esposa, sacó de debajo de la almohada las sartas de perlas y las enroscó á la muñeca de la dama. Ésta miraba con sorpresa la joya, y su ceño se fruncía ya desaprobando el regalo, que creía una intempestiva prodigalidad de Gastón; pero el enfermo, en voz baja, la dijo unas cuantas palabras que la hicieron retroceder de asombro.
—Ahí está, en ese cofre,—repetía Gastón.—Deseo que todo, todo, se lo lleve usted en seguida á su casa. Pertenece á Miguelito, que es quien por inspiración de algún ángel lo ha descubierto. Ya comprenderá usted que si la llamé, para esto era; mi mal no ofrece cuidado, y usted se volverá ahora mismo á Sadorio, no quiero que los malsines puedan glosar su presencia de usted aquí. Lo único que me reservo son las joyas de familia... Quiero que usted las posea y las santifique.
—Gastón,—articuló Antonia dulcemente,—me iré, pero prométame usted que vendrá el médico y que atenderá usted á su salud como si yo aquí estuviese. Del tesoro no hablemos; ya sabe usted que soy firme en mis resoluciones, y no lo aceptaríamos nunca ni Miguel ni yo; pertenece á la casa de Landrey. Respetemos la voluntad de los que fueron. No se olvide usted... de lo que nunca olvidó doña Catalina; el alma de don Martín pide sufragios... Me encargo de recordarle á usted esa pobre alma en pena.
—¿Vendrá usted mañana?
—Y pasado, y todos los días, mientras usted no se ponga bien...
—Ya estoy mucho mejor,—declaró Gastón reanimado y sin soltar la mano empeñada en desasirse.
—Pues cordura... y á descansar, y á tomar lo que disponga el médico... y á sanar pronto... Y á tener presente quien envía estas riquezas... Es nuestro Amo... sí, Gastón; somos sus administradores... Yo no lo sabía, pero me lo ha enseñado la desgracia.