—El señor comandante Pardo... el señorito Gabriel.
—¿Por qué no me lo enseñabas?
—Vino la señorita tan aprisa... Ni me dió tiempo.
No era la primera vez que mi paisano me obsequiaba con flores. Escogí una gardenia y un clavel rojo, y prendí el grupo en el pecho. Sujeté el velo con un alfiler, tomé un casaquín ligero de paño, mandé á Angela que me estirase la enagua y volante, y me asomé á ver si por milagro había llegado el coche. Aún no, porque era imposible; pero á los diez minutos desembocaba á la entrada de la calle. Entonces salí á la antesala, andando despacio, para que la Diabla no acabase de escamarse; me contuve hasta cruzar la puerta; y ya en la escalera, me precipité, llegando al portal cuando se paraba la berlina y saltaba en la acera Pacheco.
—¡Qué listo anduvo el cochero!—le dije.
—El cochero y un servidor de V., señora—contestó el gaditano, teniendo la portezuela para que yo subiese.—Con estas manos he ayudao á echar las guarniciones, y hasta se me figura que á lavar las ruedas.
Salté en la berlina, quedándome á la derecha, y Pacheco entró por la portezuela contraria, á fin de no molestarme y con ademán de profundo respeto... ¡Valiente hipócrita está él! Nos miramos indecisos por espacio de una fracción de segundo, y mi acompañante me preguntó en voz sumisa:
—¿Doy orden de ir camino de la pradera?
—Sí, sí... Dígaselo V. por el vidrio.
Sacó fuera la cabeza y gritó:—«¡Al Santo!»—La berlina arrancó inmediatamente, y entre el primer retemblido de los cristales exclamó Pacheco: