—Pues vamos á armorsá mejor que el Nuncio.
Esto mismo que exclamó Pacheco frotándose las manos, lo pensaba yo. Aquellas ordinarieces, como diría mi paisano el filósofo, me abrían el apetito de par en par. Y aumentaba mi buena disposición de ánimo el encontrarme á cubierto del terrible sol.
Verdad que estaba á cubierto lo mismo que el que sale al campo á las doce del día bajo un paraguas. El sol, si no podía ensañarse con nuestros cráneos, se filtraba por todas partes y nos envolvía en un baño abrasador. Por entre las esteras mal juntas del techo, al través de la lona, y sobre todo, por el abierto frente de la tienda, entraban á oleadas, á torrentes, no sólo la luz y el calor del astro, sino el ruido, el oleaje del humano mar, los gritos, las disputas, las canciones, las risotadas, los rasgueos y punteos de guitarra y vihuela, el infernal paso doble, el ¡Viva España! de los duros pianos mecánicos.
Casi al mismo punto en que la chica del puñal de níquel depositaba en la mesa una botella rotulada Manzanilla superior, dos cañas del vidrio más basto y dos conchas con rajas de salchichón y aceitunas aliñás, se coló por la abertura una mujer desgreñada, cetrina, con ojos como carbones, saya de percal con almidonados faralaes y pañuelo de crespón de lana desteñido y viejo, que al cruzarse sobre el pecho dejaba asomar la cabeza de una criatura. La mujer se nos plantó delante, fija la mano izquierda en la cadera y accionando con la derecha: de qué modo se sostenía el chiquillo, es lo que no entiendo.
—En er nombre e Dios, Pare, Jijo y Epíritu Zanto, que donde va er nombre e Dios no va cosa mala. Una palabrita les voy á icir que lase á ostés mucha farta saberla...
—¡Calle!—grité yo contentísima. ¡Una gitana que nos va á decir la buenaventura!
—¿La mando que se largue? ¿La incomoda á V.?
—¡Al contrario! Si me divierte lo que no es imaginable. Verá V. cuántos enredos va á echar por esa boca. Ea, la buenaventura pronto, que tengo una curiosidad inmensa de oirla.
—Pué diñe osté la mano erecha, jermosa, y una moneíta de plata pa jaser la crú.
Pacheco le alargó una peseta, y al mismo tiempo, habiendo descorchado la manzanilla y pedido otra caña, se la tendió llena de vino á la egipcia. Con este motivo armaron los dos un tiroteo de agudezas y bromas; bien se conocía que eran hijos de la misma tierra, y que ni á uno ni á otro se les atascaban las palabras en el gaznate, ni se les agotaba la labia aunque la derramasen á torrentes. Al fin la gitana se embocó el contenido de la cañita, y yo la imité, porque, con la sed, tentaba aquel vinillo claro. ¡Manzanilla superior! ¡A cualquier cosa llaman superior aquí! La manzanilla dichosa sabía á esparto, á piedra alumbre y á demonios coronados; pero como al fin era un líquido, y yo con el calor estaba para beberme el Manzanares entero, no resistí cuando Pacheco me escanció otra caña. Sólo que en vez de refrescarme, se me figuró que un rayo de sol, disuelto en polvo, se me introducía en las venas y me salía en chispas por los ojos y en arreboles por la faz. Miré á Pacheco muy risueña, y luego me volví confusa, porque él me pagó la mirada con otra más larga de lo debido.