—¡Estamos frescos!—gritó Pacheco.—¡Gitana nueva!

—Claro—murmuró con aristocrático desdén la chica del merendero.—Como á la otra le han dado cuartos y vino, se ha corrido la voz... Y tendrán aquí á todas las de la romería.

Pacheco alargó á la recién venida unas monedas y un vaso de jerez.

—Bébase usté eso á mi salú..., y andar con Dios, y najensia.

—E que les igo yo lo buenaventura e barde... por el aqué de la sal der mundo que van ustés derramando.

—No, no...,—exclamé yo casi al oído de Pacheco.—Nos va á encajar lo mismo que la otra; con una vez basta. Espántela V.... sin reñirla.

—Bébase usté el jerés, prenda... y najarse he dicho—ordenó el gaditano sin enojo alguno, con campechana franqueza.

La gitana, convencida de que no sacaba más raja ya, después de echarse al coleto el Jerez y limpiarse la boca con el dorso de la mano, se largó con su indispensable churumbeliyo, que lo traía también escondido en el mantón como gusano en queso.

—¿Tienen todas su chiquitín?—pregunté á la muchacha.

—Todas, pues ya se ve—explicó ella con tono de persona desengañada y experta.—Valientes maulas están. Los chiquillos son tan suyos como de una servidora de Vds. Infelices, los alquilan por ahí á otras bribonas, y sabe Dios el trato que les dan. Y está la romería plagada de estas tunantas, embusteronas. ¡Lástima de Abanico!