Pacheco me guiaba sin decir oxte ni moxte. Derechos como una flecha fuimos adonde mi coche aguardaba ya. Sus dos faroles lucían á la entrada de la alameda, en el mismo sitio en que por la mañana le mandáramos esperar. Entré y me dejé caer en el asiento, medio exánime. Pacheco me siguió, dió una orden, y la berlina empezó á rodar poco á poco.
¡Ay Dios de mi vida! ¿Quién soñó que se habían acabado ya los barcos, el oleaje, mis fantasías marítimas todas? ¡Pues si ahora es cuando navegábamos de veras, encerrados en el camarote de un trasatlántico, y á cada tres segundos cuchareaba el buque ó cabeceaba bajando á los abismos del mar y arrastrándome consigo! La voz de Pacheco no era tal voz, sino el ruido del viento en las jarcias... ¡Nada, nada, que hoy naufrago!
—¡Vas disgustá conmigo?—gemía á mi oído el sudoeste. No vayas. Mira, bien callé y bien prudente fuí... Hasta que me apretaste la mano... Perdón, sielo, me da una pena verte afligía... Es una rareza en mí, pero estoy así como aturdido de pensar si te enfadarás por lo que te dije... Pobrecita, no sabes lo guapa que estabas mareá... Los ojos tuyos echaban lumbre... ¡Vaya unos ojos que tienes tú! Anda, descansa así, en el hombro mío. Duerme, niñita, duerme...
Tal vez equivoque yo las palabras, porque resultaban un murmullo y no más... Lo que sí recuerdo con absoluta exactitud es esta frase, que sin duda cayó en el intervalo de una ola á otra:
—¿Sabes qué decían en aquel figón? Pues que debíamos de ser recién casados..., «porque él la trata con mucho cariño y no sabe qué hacer para cuidarla.»
Y puedo jurar que no me acuerdo de ninguna cosa más; de ninguna. Sí..., pero muy vagamente: que el coche se detuvo á mi puerta, y que por las escaleras me ayudó á subir Pacheco, y que desfallecida y atónita como me encontraba, le rogué que no entrase, sin duda obedeciendo á un instinto de precaución. No sé lo que me dijo al despedirse; sé que la despedida fué rápida y sosa. A la Diabla, que al abrir me incrustó en la cara su curioso mirar, le expliqué tartamudeando que me había hecho daño el sol, que deseaba acostarme. Claro que se habrá comido la partida... Sí, que se mama ella el dedo... ¡Buenas cosas pensará á estas horas de mí!
Me precipité á mi cuarto, me eché en la cama, me puse de cara á la pared, y aunque al pronto volví á amodorrarme, hacia las tres de la madrugada empezó la función y se renovó mi padecimiento. No quise llamar á Angela... ¡Para que se escamase tres veces más! ¡Ay qué noche... noche de perros! ¡Qué bascas, qué calentura, qué pesadillas, que aturdimiento, qué jaqueca al despertar!
Y sobre todo, ¡qué compromiso, qué lance, qué parchazo! ¡Qué lío tan espantoso!... ¡Qué resbalón! (ya es preciso convenir en ello).
VIII
CONVENGAMOS; pero también en que Pacheco, habiéndose portado tan correctamente al principio, no debió luego echarla á perder. Si yo, por culpa de las circunstancias—eso es, de las circunstancias inesperadísimas en que me he visto,—pude darle algún pié, á la verdad, ningún caballero se aprovecha de ocasiones semejantes; al contrario, en ellas debe manifestar su educación, si la tiene. Yo me trastorné completamente, por lo mismo que nunca anduve en pasos como éstos; yo no estaba en mi cabal juicio, no señor; yo no tenía responsabilidad, y él, el grandísimo pillo, tan sereno como si le acabasen de enfriar en el pozo... Lo dicho: ¡fué una osadía, una serranada incalificable!