Pasaba en Madrid los inviernos, teniendo á su niña de medio interna en un atildado colegio francés; los veranos se iba á Vigo, al lado de su papá; á veces (como sucedía ahora), el viaje de la chiquilla se adelantaba un poco, porque el abuelo, al cerrarse las Cortes, se la llevaba consigo á desencanijarse en la aldea... Asís la dejaba marchar de buen grado. El amor maternal era en ella lo que había sido el cariño conyugal: sentimiento apacible, exento de esas divinas locuras que abrasan el alma y dan á la existencia sentido nuevo. La marquesa de Andrade vivía contenta, algo envanecida de haber soltado la cáscara provinciana, y satisfecha también de conservar su honradez como la conservan allá en Vigo las señoras muy visibles, que no dan un paso sin que el vecindario sepa si fué con el pié izquierdo ó el derecho. Entretenía sus ocios pensando, por ejemplo, que el último vestido que le había mandado su modista era tan gracioso y menos caro que el de Worth de la Sahagún; que estaba á bien con el Padre Urdax, merced á haber entrado en una asociación benéfica muy recomendada por los jesuítas; que ella era una dama formal, intachable, y que, sin embargo, no dejaban de citarla con elogio en las revistas de salones alguna que otra vez; que podía vivirse en el mundo sin abrir paso al demonio, y que ni el mundo ni Dios tenían por qué volverle la espalda.
Y ahora...
X
OYENDO un nuevo repiqueteo de campanilla, acudió Angela despavorida, á ver qué era. Su ama estaba medio incorporada sobre un codo.
—Venga quien venga, ¿entiendes?, venga quien venga..., que he salido.
—A todo el mundo, vamos; que ha salido la señorita.
—A todo el mundo: sin excepción. Cuidadito como me dejas entrar á nadie.
—¡Jesús, señorita! Ni el aire entrará.
—Y prepárame el baño.
—¿El baño? ¿No le sentará mal á la señorita?