—Regular...
—Voy volando.
Un cuarto de hora duró el vuelo de la Diabla. Su ama, vuelta de cara á la pared, subía las sábanas hasta cubrirse la cara con ellas, sin más objeto que sentir el fresco de la batista en aquellas mejillas y frente que estaban echando lumbre.
De tiempo en tiempo exhalaba un gemido sordo.
En la mollera suya funcionaba, de seguro, toda la maquinaria de la Casa de la Moneda, pues no recordaba aturdimiento como el presente, sino el que había experimentado al visitar la fábrica de dinero y salir medio loca de las salas de acuñación.
Entonces, lo mismo que ahora, se le figuraba que una legión de enemigos se divertía en pegarla tenazazos en los sesos y devanarla con argadillos candentes la masa encefálica.
Además, notaba cierta trepidación allá dentro, igual que si la cama fuese una hamaca, y á cada balance se le amontonase el estómago y le metiesen en prensa el corazón.
La tila. Calentita, muy bien hecha. Asís se incorporó, sujetando la cabeza y apretándose las sienes con los dedos. Al acercar la cucharilla á los labios, náuseas reales y efectivas.
—Hija... está hirviendo... Abrasa. ¡Ay! Sosténme un poco, por los hombros. ¡Así!
Era la Diabla una chica despabilada, lista como una pimienta: una luguesa que no le cedía el paso á la andaluza más ladina. Miró á su ama guiñando un poco los ojos, y dijo compungidísima al parecer: