Unas miajas de todo esto sentía la señora; sólo que á sus demás impresiones sobrepujaba la del asombro.—«¿Pero es de veras? ¿Pero me ha pasado eso? Señor Dios de los ejércitos, ¿lo he soñado ó no? Sácame de esta duda.»—Y aunque Dios no se tomaba el trabajo de responder negando ó afirmando, aquello que reside en algún rincón de nuestro ser moral y nos habla tan categóricamente como pudiera hacerlo una voz divina, contestaba:—«Grandísima hipócrita, bien sabes tú como fué: no me preguntes, que te diré algo que te escueza.»

—Tiene razón la Diabla: ayer atrapé un soleado y para mí, el sol... matarme. ¡Este chicharrero de Madrid! ¡El veranito y su alma! Bien empleado, por meterme en avisperos. A estas horas debía yo andar por mi tierra...

Doña Francisca Taboada se quedó un poquitín más tranquila desde que pudo echarle la culpa al sol. A buen seguro que el astro-rey dijese esta boca es mía protestando, pues aunque está menos acostumbrado á las acusaciones de galeotismo que la luna, es de presumir que las acoja con igual impasibilidad é indiferencia.

—De todos modos—arguyó la voz inflexible,—confiesa, Asís, que si no hubieses tomado más que sol... Vamos, á mí no me vengas tú con historias, que ya sabes que nos conocemos... ¡como que andamos juntos hace la friolera de treinta y dos abriles! Nada, aquí no valen subterfugios... Y tampoco sirve alegar que si fué inesperado, que si parece mentira, que si patatín, que si patatán... Hija de mi corazón, lo que no sucede en un año sucede en un día. No hay que darle vueltas. Tú has sido hasta la presente una señora intachable; bien; una perfecta viuda; conformes; te has llevado en peso tus dos añitos de luto (cosa tanto más meritoria cuanto que, seamos francos, últimamente ya necesitabas alguna virtud para querer á tu tío, esposo y señor natural, el insigne marqués de Andrade, con sus bigotes pintados y sus achaques, fístulas ó lo que fuesen); á pesar de tu genio animado y tu afición á las diversiones, en veinticuatro meses no se te ha visto el pelo sino en la iglesia ó en casa de tus amigas íntimas; convenido; has consagrado largas horas al cuidado de tu niña y eres madre cariñosa; nadie lo niega; te has propuesto siempre portarte como una señora, disfrutar de tu posición y tu independencia, no meterte en líos ni hacer contrabando; lo reconozco; pero... ¿qué quieres, mujer? te descuidaste un minuto, incurriste en una chiquillada (porque fué una chiquillada, pero chiquillada del género atroz, convéncete de ello) y por cuanto viene el demonio y la enreda y te encuentras de patitas en la gran trapisonda... No andemos con sol por aquí y calor por allá. Disculpas de mal pagador. Te falta hasta la excusa vulgar, la del cariñito y la pasioncilla... Nada, chica, nada. Un pecado gordo en frío, sin circunstancias atenuantes y con ribetes de desliz chabacano. ¡Te luciste!

Ante estos argumentos irrefutables cedía la acción bienhechora de la tila, y Asís iba experimentando otra vez terrible desasosiego y sofoco. El barreno que antes le taladraba la sien, se había vuelto sacacorchos, y haciendo hincapié en el occipucio, parecía que enganchaba los sesos á fin de arrancarlos igual que el tapón de una botella. Ardía la cama y también el cuerpo de la culpable, que, como un San Lorenzo en sus parrillas, daba vueltas y más vueltas en busca de rincones frescos, al borde del colchón. Convencida de que todo abrasaba igualmente, Asís brincó de la cama abajo, y blanca y silenciosa como un fantasma entre la penumbra de la alcoba, se dirigió al lavabo, torció el grifo del depósito, y con las yemas de los dedos empapadas en agua, se humedeció frente, mejillas y nariz; luego se refrescó la boca, y por último se bañó los párpados largamente, con fruición; hecho lo cual, creyó sentir que se le despejaban las ideas y que la punta del barreno se retiraba poquito á poco de los sesos. ¡Ay, qué alivio tan rico! A la cama, á la cama otra vez, á cerrar los ojos, estarse quietecita y callada y sin pensar en cosa ninguna...

Sí, á buena parte. ¿No pensar dijiste? Cuanto más se aquietaban los zumbidos y los latidos, y la jaqueca y la calentura, más nítidos y agudos eran los recuerdos, más activas y endiabladas las cavilaciones.

—Si yo pudiese rezar—discurrió Asís.—No hay para esto de conciliar el sueño como repetir una misma oración de carretilla.

Intentólo en efecto; mas si por un lado era soporífera la operación, por otro agravaba las inquietudes y resquemores íntimos de la señora. Bonito se pondría el Padre Urdax cuando tocasen á confesarse de aquella cosa inaudita y estupenda. ¡Él, que tanto se atufaba por menudencias de escotes, infracciones de ayuno, asistencia á saraos en cuaresma, mermas de misa y otros pecadillos que trae consigo la vida mundana en la corte! ¿Qué circunloquios serían más adecuados para atenuar la primer impresión de espanto y la primer filípica? Sí, sí ¡circunloquios al Padre Urdax! ¡Él, que lo preguntaba todo derecho y claro, sin pararse en vergüenzas ni en reticencias! ¡Con aquel geniazo de pólvora y aquella manga estrechita que gastaba! Si al menos permitiese explicar la cosa desde un principio, bien explicada, con todas las aclaraciones y notas precisas para que se viese la fatalidad, la serie de circunstancias que... Pero, ¿quién se atreve á hacer mérito de ciertas disculpas ante un jesuíta tan duro de pelar y tan largo de entendederas? Esos señores quieren que todo sea virtud á raja tabla, y no entienden de componendas ni de excusas. Antes parece que se les tachaba de tolerantísimos: no, pues lo que es ahora...

No obstante el triste convencimiento de que con el Padre Urdax sería perder tiempo y derrochar saliva todo lo que no fuese decir acúsome, acúsome, Asís, en la penumbra del dormitorio, entre el silencio, componía mentalmente el relato que sigue, donde claro está que no había de colocarse en el peor lugar, sino paliar el caso: aunque, señores, ello admitía bien pocos paliativos.

II