—Almorsá—dijo Pacheco lacónicamente.
—¿Dónde desean los señoritos que se les ponga el almuerzo?
El gaditano giró la vista alrededor y luego la convirtió hacia su compañera: ésta había vuelto la cara. Con la agudeza de la gente de su oficio el mozo comprendió y les sacó del apuro.
—Vengan los señoritos... Les daré un sitio bueno.
Y torciendo á la izquierda, guió por una escalera angosta que sombreaba un grupo de acacias y castaños de Indias, llevándoles á una especie de antesala descubierta, que formaba parte de los consabidos corredores aéreos. Abriendo una puertecilla, hízose á un lado y murmuró con unción:
—Pasen, señoritos, pasen.
La dama experimentó mucho bienestar al encontrarse en aquella salita. Era pequeña, recogida, misteriosa, con ventanas muy chicas que cerraban gruesos postigos, y enteramente blanqueada; los muebles vestían también blanquísimas fundas de calicó. La mesa, en el centro, lucía un mantel como el armiño; y lo más amable de tanta blancura era que al través de ella se percibía, se filtraba, por decirlo así, el sol, prestándole un reflejo dorado y quitándole el aspecto sepulcral de las cosas blancas cuando hace frío y hay nubes en el cielo. Mientras salía el mozo, el gaditano miró risueño á la señora.
—Nos han traído al palomar—dijo entre dientes.
Y levantado una cortina nívea que se veía en el fondo de la reducida estancia, descubrió un recinto más chico aún, ocupado por un solo mueble, blanco también, más blanco que una azucena...
—Mira el nido—añadió tomando á Asís de la mano y obligándola á que se asomase.—Gente precavida... Bien se ve que están en todo. No me sorprende que vivan y se sostengan tantos establecimientos de esta índole. Aquí la gente no viene un día del año como á San Isidro; pero digo yo que habrá abonos á turno. ¿Nos abonamos, cacho de gloria?