—Por Dios... De ningún modo... Tome V. asiento... Salgo en seguida... Estaba lavándome las manos.
Y en efecto, se oía ruido de chapuzón, de lavaroteo. Pero nos consta que lo que lavaba la señora eran los párpados. Luego se dió polvos, se compuso el pelo, se arregló los encajes de la gola. Apareció muy presentable. Pardo había tomado un periódico, creo que La Epoca, y leía distraído, sin entender: «La dispersión veraniega ha comenzado. Parten hoy para Biarritz en el expreso, el duque de Albares, las lindas señoritas de Amézaga...»
Apenas habrían tenido tiempo los dos paisanos para trocar unas cuantas frases de excusa, cuando se oyó sonar la campanilla y en el corredor retumbaron pasos fuertes, varoniles. De sofocada, la señora se volvió pálida: una sonrisa involuntaria y una luz vivísima cruzaron por sus labios y sus ojos. Pacheco entró, y al verle el comandante Pardo, reprimió el impulso de pegarse un cachete en el hueso frontal.
—¡Ya pareció aquello! ¡Se despejó la incógnita! ¡Y decir que no hará dos semanas que se conocieron en casa de Sahagún! ¡Mujeres!!!
El gaditano,—lo mismo que si se propusiese evidenciar lo que Pardo adivinaba,—apenas se hubo sentado, sacó del bolsillo un tarjetero de piel inglesa, con monograma de plata, y se lo entregó á Asís, murmurando cortésmente:
—Marquesa... las señas que V. me pidió que le trajese. Las señas de la pitillera... ¿no recuerda V.? Puede V. copiarlas, ó quedarse con el tarjetero, si gusta... Viéndolo, se acuerda V. más del empeñillo.
¡Ay! Asís trasudaba. Era para volarse. ¡Vaya un pretexto que daba á su visita nocturna el bueno del gaditano! Si lo quería más claro Don Gabriel...
Miró al comandante, que se hacía el sueco, tratando de no ver el tarjetero dichoso. No hay posición más desairada que la de tercero en concordia, y Don Gabriel, notando la ojeada expresiva que trocaron Pacheco y Asís, creía estar sentado sobre brasas, tanto le apretaban las ganas de quitarse de en medio. Pero convenía hacerlo con habilidad y educación. Un cuarto de hora tardó en preparar la retirada honrosa, echándole el muerto al Círculo Militar, donde aquella noche había una conferencia muy notable. Los círculos, ateneos y clubs, serán siempre instituciones benéficas, por lo que se prestan á encubrir toda escapatoria masculina,—así la del que va en busca de la propia felicidad, como la del que evita el espectáculo de la ajena,—verbigracia Pardo.
Retrasó el paso al llegar á la esquina de la calle y se puso á reflexionar acerca del impensado descubrimiento. Raro es que el amigo de una dama, en caso semejante, no desapruebe la elección.—¡Cómo escogen las mujeres! En dándoles el puntapié el demonio... Indulgencia, Gabriel; no hay mujeres, hay humanidad, y la humanidad es así... Esta desazón, además, se parece un poquito á la envidia y al des... No, hijo, eso sí que no: despechado no estás: lo que pasa es que ves claro, mientras tu pobre amiga se ha quedado ciega... ¡Cómo se transformó su fisonomía al entrar el individuo! La verdad: no la creí capaz de echarse un amante... y menos ese. O mucho me equivoco ó le ha caído que hacer á la infeliz. Ese andaluz es uno de los tipos que mejor patentizan la decadencia de la raza española. ¡Qué provincias las del Mediodía, señor Dios de los ejércitos! ¡Qué hombre el tal Pachequito! Perezoso, ignorante, sensual, sin energía ni vigor, juguete de las pasiones, incapaz de trabajar y de servir á su patria, mujeriego, pendenciero, escéptico á fuerza de indolencia y egoismo, inútil para fundar una familia, célula ociosa en el organismo social... ¡Hay tantos así! Y sin embargo, á veces medran, con una apariencia de talento y la viveza propia del meridional; no tienen fondo, no tienen seriedad, no tienen palabra, no tienen fe, son malos padres, esposos traidores, ciudadanos zánganos, y los ve V. encumbrarse y hacer carrera... Así anda ello. Y á las mujeres... qué diablo, estos hombres les caen en gracia... ¡Eh! dejémonos de clichés... Asís, que es de otra raza muy distinta, necesita formalidad y constancia; la compadezco... Bueno es que no se casará; no, casarse no lo creo posible. De esa madera no se hacen maridos. Como aventura, tendrá sus encantos... ¡Qué casualidad! Y dirán que no hay coincidencias... ¡Tarjetero, tarjetero!...
Así meditaba el comandante. ¿Era injusto ó sagaz? ¿Obedecía á su costumbre de analizarlo todo, ó á una puntita de berrinche? Se caló los lentes y se retorció la barba, ¿A dónde iría?