—¡Mujer... son tan cursis! ¿Tienes agua caliente?

—La pondré á calentar.

—Anda, que se lavan y se secan pronto... á la noche están sequitas.

En tanto que Dolores jabonaba el par de medias azules, Concha, cosiendo el dedo de un guante, preguntaba á sí misma en voz alta:

—¿Tendrán que hacer esto las cómicas el día que representen?

—No, mujer...—murmuró Dolores.—Esas lo tienen todo arreglado.

—Dichosas ellas. Á mí me venía bien ahora repasar el papel.

—Pues no te descuides, que pasa ya de las ocho y media. ¡Cuándo se acabarán estos jaleos de teatro! me duele la cabeza ya, de discurrir para refrescar vejestorios.

Quedábales aún algo por hacer, pero el tiempo urgía, y el taller aguardaba. Convinieron en que, á la hora en que Concha fuese al ensayo, Dolores volvería á casa, terminaría todo y llevaría la cesta al Casino, donde Concha aguardaría ya para vestirse. Por excepción, una vez nada más: que eso de dejar sola á Concha, no estaba en el programa.

—Mujer, no hay remedio—exclamó Concha.—Desde el taller al Casino, no me saldrá ningún perro rabioso.